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Es claro que cualquier posición entre hermanos tiene ventajas e incovenientes –supuestos “derechos” y “deberes”- pero es muy frecuente encontrar en nuestras familias este tipo de preeminencias.

Existe una creencia según la cual el hijo mayor varón es el primus inter pares: el primero entre iguales, el más importante entre los hermanos. El que está tocado con el cetro del poder.

Habiendo surgido el derecho de primogenitura por razones históricas y económicas, ha quedado impreso en el inconsciente colectivo de muchas familias el mayor nivel de exigencia y rigidez para con el hijo mayor y la mayor sobreprotección y condescendencia con el menor.

Es claro que cualquier posición entre hermanos tiene ventajas e incovenientes –supuestos “derechos” y “deberes”- pero es muy frecuente encontrar en nuestras familias este tipo de preeminencias. Con frecuencia, el mayor como “hijo del padre” y el menor como “hijo de la madre”. Ambas posiciones tienen en común el hecho de recibir una “mirada” especial de ambos progenitores. Una “mirada” y, en el fondo, una expectativa; es decir, aquello que los padres esperan –de forma más o menos inconsciente- recibir para ellos y para el resto de hermanos: del mayor se espera decisión, seguridad, protección como portador del escudo de la familia; del menor, cuidado, cariño, apego cercano. En ambos, un reconocimiento de que son hijos 'especiales' y de que así serán tratados. Generalmente.

Aunque la casuística es muy diversa, el género le añade a la primogenitura una nueva variante: no es lo mismo ser o no la hermana mayor de una familia o la hermana más pequeña. Las 'exigencias' de cuidados para toda la familia, en general, y para los padres, en particular, suelen ser totalmente diferentes. El reverso de esta moneda consiste en la dificultad que pueden presentar ambas posiciones para conseguir autonomía e independencia personal. No 'sale' del hogar familiar de la misma manera un hijo segundo o tercero que el primero o el último. Porque como hemos dicho las expectativas parentales -y las propias- son altas y tienen que ver con la supervivencia de la familia. El mayor y el menor están llamados a proteger, aunque no de la misma manera. El mayor, con la ley; el menor, con el apego. El varón, con la ley; la mujer, con el cuidado.

Todo el mundo sabe distinguir la diferencia entre salir de la casa de los padres y abandonar a los padres, pero estas diferencias sustanciales se ventilan -a veces de una manera sibilina- en el terreno emocional, de manera que independizarse puede vivirse – o pueden hacértelo vivir- como un abandono. 

También hay sensibles diferencias entre hermanos y hermanas. No sabemos muy bien la razón pero el hecho es que la exigencia de cuidado es muchísimo mayor si se es mujer que si se es hombre. Y si es soltera o casada. La exigencia de los padres puede llegar a ser asfixiante si se diera el caso de hija mayor. Porque añade dos circunstancias amplificadoras: el género y la posición. También en el caso de la hija pequeña. Además, la hija mayor no ejerce el poder como el hijo mayor. No puede hacerlo porque no tiene formalmente el 'cetro del poder'. Así que debe ejercerlo de una manera más disimulada, más en la sombra. No puede hacerlo a campo abierto porque socialmente todavía hay rechazo a ese reconocimiento, aunque por suerte cada vez menos. Desempeña el poder como cuidadora' universal'.

No es infrecuente encontrar en la consulta pacientes de entre treintaytantos y cincuenta años, mujer, hermana mayor o pequeña, que presenta serias dificultades para conseguir independizarse “emocionalmente” de la familia de origen. Y que sufren no pocos chantajes emocionales para mantener el invisible cordón umbilical, vivo y corto.

Son mujeres continuamente demandadas: en su trabajo: por sus hijos, por su pareja, por la familia política, y –finalmente- por sus hermanos y por sus padres, en especial, por sus madres. Son mujeres 'multifuncionales' que acaban agotadas por tanto requerimiento y tan poco reconocimiento: se le exige hasta la extenuación porque supuestamente es “su deber”. Lo cual es evidentemente una trampa porque si se atreven a no cumplir con su deber, entonces le espera la culpa, el remordimiento, la tristeza, la falta de autoaprecio. Por eso es un chantaje. Y puede vivirse como un callejón sin salida. Como un atrapamiento.

Es un caso curioso el hijo que es el primero y el último, a la vez; y que tiene que responder a la ley y al apego, al mismo tiempo. Que tiene que salir y tiene que quedarse. El hijo único. Los hijos que se sitúan en medio de los extremos -2º,3º...- bastante tienen con el esfuerzo y los codazos que deben dar para ser vistos, para ser mirados por sus padres. Por eso, a veces hacen tanto ruído. Suelen ser díscolos, rebeldes, protestantes... y reclaman con insistencia un reconocimiento a su identidad, a su valor propio.

Sabemos, además, que estas cosas no siempre son así aunque tienden a serlo, porque dependen -claro está- de la propia idiosincrasia de cada familia. Pero desconocemos en virtud de qué motivos el sistema familiar designa estas funciones en los hijos y decide esta “herencia inmaterial” que a cada uno le corresponde para toda la vida. Unas veces, llevadera; otras, no.

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