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Os lo debo a cada uno y una. Por desobedecer o, al menos, dudar. Por no conformaros con lo impuesto, por exigir explicaciones y permanecer juntos.

Será que al final la vida diaria sirve para eso, salvarnos de tanta barbarie y crispación. Será que mientras trasladaban a policías y blandían sus porras por el imperativo de pirómanos que observaban en la distancia, ocurría otra historia. Algo más cercano, más sencillo, más mía. José Manuel, mi sobrino, escuchó un ruido, “un sonidito muy flojo”. Venía del otro lado de la valla que separa el campo del abuelo. Se lo dijo a su hermano y a las primas: 

—Ahí hay un gato. 

—Anda ya, qué dices, le respondieron desconfiadas. 

Sin embargo, allá que fueron por si el oído no anduviera desencaminado. Treparon, saltaron, buscaron una escalera y, cuando alcanzaron el otro lado, encontraron una cría —muy pequeña— escondida entre ramas y pinchos. Con unas tijeras cortaron el matorral que la encarcelaba y la rescataron de un rincón en el que apenas podía maullar como alarma y desahogo.

“La gata nos la llevamos a casa”. Ese fue el lema. Unísono, sonoro, sin fisuras, de cada uno de mis sobrinos y sobrinas a sus padres. La gata se viene porque le habían quitado de la piel decenas de púas. La gata se viene porque le habían dado de comer. La gata se viene porque se encuentra sola, no tiene madre, y hay perros en los alrededores. La gata se viene porque se encuentra desprotegida. Y la gata se viene, sobre todo, porque es justo. Y en la adolescencia aún se cree en la justicia como elemento objetivo y estabilizador.

Sin embargo, no hubo suerte. Y el sábado, el animal se quedó en el campo. Con leche y migas de pan, eso sí, pero a la intemperie y sola. Ningún adulto quiso (con razón) asumir el cargo. Así que comenzaron otra campaña: el domingo tenían que regresar. Y regresaron. Volvieron a darle de comer, a mimarla, a revisarle el cuerpo por si quedaban púas o se había clavado alguna durante la noche y, sobre todo, aumentaron ese cariño que les aferraba a la gata. 

Cuando se acercaba la hora de irse, apelaron al sentido común: “No tenéis conciencia”, le soltó Lourdita al padre, “si ni siquiera entiendo cómo pudimos dejarla ayer aquí”, reflexionó. Se enfrentaron, argumentaron y batallaron unidos, como pelea la gente noble y pequeña. No existe otra forma. Finalmente, mientras me retransmitían la lucha a través del móvil, mi pareja y yo decidimos adoptar a la gata. Inconcebible para quien me conozca y sepa lo poco que me gustaron siempre las mascotas.

Ahora escribo este artículo en mitad de tanto ruido, contradicciones y odio. Os lo debo a cada uno y una. A quienes estuvisteis en el campo y al resto, que empujó desde el grupo del WhatsApp. Por desobedecer o, al menos, dudar. Por no conformaros con lo impuesto, por exigir explicaciones y permanecer juntos. “La gata nos la llevamos a casa”. Lo habéis conseguido. De hecho, aquí está: nuestra y vuestra para siempre. ¿Entendéis ahora por qué siempre digo que no vale conformarse si algo os resulta injusto?

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