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Leyendo a los grandes autores españoles que ocupan un lugar propio en la historia de la literatura, comprendemos mejor nuestro presente. Providencialmente, vino a mis manos La sensualidad pervertida, del escritor vasco Pío Baroja (San Sebastián, 1872—Madrid, 1956), y entre sus páginas encontré un fragmento que ilustra sobre el origen de los nacionalismos periféricos peninsulares. La novela está firmada en 1920 y transcurre entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Su protagonista, Luis Murguía, una especie de alter ego del propio Baroja, cuenta cómo le propusieron hacerse bizcaitarra, a lo que contestó que él había nacido en Cádiz. Le dijeron que eso no importaba, porque sus padres eran vascos y Murguía replica entonces que su padre sí, pero que su madre era de la Rioja. “La Rioja es una tierra vasca irredenta”, le espeta su interlocutor. Esta reivindicación curiosamente la siguen manteniendo los abertzales hasta hoy. El párrafo enjundioso viene a continuación: “Este bizcaitarrismo era en Bilbao una chifladura general; halagaba la vanidad de las gentes del pueblo, haciéndoles creer que solo los de la región eran buenos y nobles, de la raza de Abel, y que los hombres de las demás regiones españolas eran unos energúmenos descendientes de Caín”.

De aquellos polvos estos lodos. Si don Pío levantara la cabeza imagino que se horrorizaría por los desmanes sangrientos que, con el tiempo, la chifladura alentó en sus paisanos, pero también tendría ocasión de comprobar que el mal es contagioso. En Cataluña, un puñado de chiflados ha llevado al borde del abismo el estado de derecho, provocando una fragmentación de la sociedad sin precedentes en los cuarenta años de democracia, con una serie indeseable de consecuencias económicas y sociales. Y lo peor es que esos personajes grotescos están ahí por el voto de millones de chiflados que se piensan descendientes de la raza de Abel y nos tienen al resto de los españoles por hijos de Caín. Cuando lo cierto es que aquellos son un producto del adoctrinamiento, de la astucia corrupta de Pujol y de la insolidaridad de los ricos hacia las regiones pobres. Creo que es el momento de decir claramente no a los nacionalismos excluyentes y segregacionistas. Si hay que reformar la constitución, que sea para ajustar las competencias y garantizar la seguridad, la salud y la educación de todos los españoles, así como su igualdad ante la ley.

Pero la cosa no acaba ahí. A algún chiflado se le ha ocurrido añadir una estrella independentista a la bandera verde y blanca y ya hay quien la ha colocado, no en el patio de su casa sino bien a la vista de todos, sujeta a un mástil, en la azotea. Y hasta se habla por ciertos foros de pretender una república andaluza que incluya partes de Portugal y Marruecos, así como de otras regiones limítrofes. Bizcaitarrismo a la flamenca. Apaga y vámonos. Al final resulta que esto del independentismo es tan español como la envidia, el quijotismo, el esperpento y la tortilla de patatas.

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