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En ocasiones la vida nos presenta fríamente la cercanía de sus extremos. No es inusual vivir casos en los que a una mala noticia, como por ejemplo, el fallecimiento de un ser querido o un conocido, le sigue o le precede el nacimiento de un nuevo integrante de la especie. Ya lo cantaba Julio Iglesias allá por 1969: “Al final las obras quedan las gentes se van, otros que vienen las continuarán… la vida sigue igual”. ¿Y quiénes somos los simples mortales de extrarradio para contradecir al dandi de moreno impertérrito? 

Son, por tanto, muchos los casos en los que podemos observar la ambivalencia de la existencia. Es posible interpretarlo también atendiendo a la famosa teoría del péndulo, la cual, aplicada a los procesos históricos, nos advierte de que a una etapa de conservadurismo y represión, le seguirá una de revolución o explosión de libertades, y viceversa. Los extremos se tocan, hay quien dice también que se atraen —comprenda el lector que existen sobre esto más frases hechas de las que me atrevo a recopilar—, están normalmente más cerca de lo que podemos suponer. Quizás sea porque dentro de una dinámica circular, hay en todo momento una línea que une el este con el oeste, y el propio girar implica siempre una vuelta al punto de partida. 

Los seres humanos somos una especie repleta de dualidades. Prácticamente todo en la vida tiene al menos una cara B, y se me ocurren pocas labores en las que esta visión poliédrica esté más presente que en la enseñanza. Ser capaz de transmitir conocimiento es posiblemente una de las empresas más meritorias y complejas que existen. Se produce en ella un curioso fenómeno de transposición en el que el éxito de la labor excede al que la realiza y depende básicamente del que la recibe. Profesor y alumno se necesitan porque ambos están incompletos y carentes de sentido sin el otro. Puede darse entre ellos una comunión perfecta, casi mágica, como le ocurría al profesor Keating con sus entusiasmados aprendices en El club de los poetas muertos (1989), o a la polifacética Barbra Streisand, en su adorable papel de Rose Morgan en El amor tiene dos caras (1996). La peculiar Miss Morgan era capaz de enseñar el amor romántico en la literatura medieval con la misma pasión con la que Robin Williams (el célebre John Keating) recitaba el ¡Oh capitán, mi capitán! de Walt Whitman. Enseñar es como amar: cuando funciona, es sublime. 

Como en la bipolaridad, como en las muchas aristas del poliedro, hay lados oscuros. Lo sombrío acecha. Puede faltar la motivación, las ganas, la implicación… puede no dar resultado. La frustración y el desánimo que llega a padecer el docente son similares a pocas experiencias vitales desalentadoras. El que cree en lo que hace, difícilmente se resigna a cubrir un mero expediente, a “fichar” como si estuviera produciendo en serie —con todo el respeto que ello merece— las piezas de una máquina industrial. En la enseñanza, es necesario un componente fundamental: la alteridad. La condición de ponerse en el lugar del otro empáticamente siendo conscientes sin embargo —y sin que convenga en absoluto olvidarlo— del puesto que debe ocupar cada uno. La docencia es capaz de transportar al olimpo al que la practica, hacerle sentirse útil, necesario y ciudadano; pero también puede trasladarlo a la nada, al vacío más absoluto, al sinsentido más estremecedor: el de la mediocre pasividad, el del tedio de la incomprensión. 

Si bien es cierto que las obras quedan y las gentes se van, de algún modo el profesor pretende que le sobrevivan sus lecciones y que estas perduren en la mente de aquellos que llegan cuando otros se están marchando. Vencer a lo sombrío se convierte en posible cuando pensamos en la pervivencia del mensaje, de la obra, de lo que uno es a través de lo que enseña. En ese escenario es donde merece la pena subir a la tarima y desafiar el eterno retorno que implica tener demasiado cerca la cara A de la cara B.

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