Una playa de Chipiona, en una imagen reciente. FOTO: MANU GARCÍA
Una playa de Chipiona, en una imagen reciente. FOTO: MANU GARCÍA

Ha sido inevitable que la crisis derivada del Covid-19 y sus efectos en el corto, medio y largo plazo hayan acaparado toda nuestra atención. Ha sido imprescindible no solo encerrar a la mayoría de la población en sus casas, también se han tenido que movilizar recursos sanitarios y económicos no vistos hasta la fecha. Y, aún así, el coste ha sido terrible. España ha contabilizado 247 mil casos confirmados y más de 28 mil fallecidos. En Andalucía hemos alcanzado los 12.884 casos confirmados y hemos superado las 1.400 muertes. 

Pero no podemos apartar la vista de otros temas igual de urgentes y que van a requerir de un esfuerzo político y económico aún mayor. o con toda su crudeza, nos ha recordado que sufrimos una situación de emergencia climática que, cada año, hace que vivamos el verano más caluroso que se recuerda. Unas temperaturas extremas, que, no lo olvidemos, cuesta vidas: entre el 2004 y el 2018 hubo en Andalucía 62 muertes por golpes de calor. 

Mientras empezábamos a salir de nuestro encierro, el Ártico siberiano está sufriendo una ola de calor sin precedentes y ha alcanzado los 38ºC, 20 más que lo acostumbrado en esta época del año. Mientras discutíamos sobre qué modelo de mascarilla es más eficaz, los niveles de acidez del océano Ártico se disparan y están mucho peor de lo esperado. 

La situación de emergencia climática es un hecho y, además de combatir las emisiones de gases como el CO2, es urgente e importante que adaptemos nuestras vidas a las nuevas normalidades. A la que ha traído consigo el Covid19, sí, pero también a las nuevas normalidades que imponen las altas temperaturas, el aumento del nivel del mar o a unos incendios forestales cada vez más numerosos y con un mayor poder destructivo. 

¿Pero cómo podemos adaptarnos a una situación así? Para empezar, hay que cambiar los lugares en los que vivimos. La mayor parte de las ciudades no están listas para soportar las altísimas temperaturas del verano, ni siquiera en Andalucía. Faltan lugares de sombra y sobra asfalto. No se trata de poesía, se trata de datos: los árboles contribuyen a disminuir la radiación y la temperatura, sobre todo si son grandes ejemplares y forman doseles continuos. Por eso no se entiende que en la mayoría de las ciudades se hayan talado de forma indiscriminada muchos de estos ejemplares. Haber talado estos árboles es un atentado contra la salud de quien habita las ciudades y es algo de lo que nos arrepentiremos. Por eso es urgente planes de reforestación urbana impulsados desde los ayuntamientos. 

Además, transitamos por calles sin sombras para llegar a hogares que tampoco están listos para aguantar altas (o extremadamente bajas) temperaturas. Durante la pandemia el 5% de la población andaluza ha vivido en hogares sin ventilación o luz natural. En demasiados barrios andaluces buena parte de los edificios se caen a pedazos, no hablemos ya de que cumplan con alguna normativa relativa a certificados energéticos. Es urgente que, desde la Junta de Andalucía, se potencie un ambicioso plan de rehabilitación de viviendas que, además de crear puestos de trabajo, adapte los hogares a una nueva realidad. Dicho de otra forma, cuando las autoridades recomienden que nos quedemos en casa en las peores horas de sol, nuestros hogares tienen que estar listos para que esa recomendación tenga algún tipo de sentido. 

¿Y fuera de nuestras ciudades y pueblos? Fuera encontramos campos donde se secan los acuíferos y zonas forestales sin preparación ni prevención para evitar ser arrasadas por los incendios. Las ayudas de la Junta de Andalucía para prevenir incendios llevan sin adjudicarse desde el 2018. No sólo tenemos que adjudicar estas ayudas de forma urgente, también tenemos que aumentar las medidas de protección y evitar, por todos los medios, la desertificación de nuestro entorno, así como garantizar la biodiversidad. 

Por último, la situación de emergencia climática exigirá que adaptemos nuestra forma de relacionarnos, también en lo laboral. Y para ello, más temprano que tarde, será imprescindible legislar en qué condiciones se debe prohibir el trabajo que no garantice las medidas de seguridad adecuada. Es decir, es urgente legislar que no se pueda trabajar en un tajo, en una obra, o repartiendo pizzas en una bicicleta bajo un sol de justicia que supera los 40ºC. 

Estas son solo algunas medidas para la adaptación, para el mientras tanto. Pero esta adaptación no solucionará el problema principal: el aumento de la temperatura del planeta por culpa de la acción de las personas. Aun así, pensar en el mientras tanto también es urgente porque, o hacemos algo como sociedad, o unas pequeñas y acaudaladas minorías verán desde sus torres de marfil (con maravillosos aires acondicionados) cómo un sol inmisericorde atenta contra los Derechos Humanos y la vida del resto. Porque no, no hay derecho a vivir en un hogar sin aire acondicionado, en trabajar bajo 40ºC al sol o en que las calles de nuestras ciudades sean intransitables. No hay derecho. 

Ángela Aguilera es portavoz de Adelante Andalucía

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