Una de las habitaciones del hospital puertorrealeño con tres camas en una imagen de archivo.
Una de las habitaciones del hospital puertorrealeño con tres camas en una imagen de archivo.

La vida humana es sagrada. A ese acuerdo hemos llegado desde muchos lugares culturales en la declaración universal de los derechos humanos. ¿Qué significa que la vida humana es sagrada? Que no es negociable, ni intercambiable, ni mensurable, ni disponible sino por el propio sujeto. La vida humana no es una cosa entre las cosas. No es una mercancía. Esta sacralidad inmanente que inaugura la ilustración ya no está basada en ilusiones transcendentes sino en la fuerza constitutiva de la comunidad humana; es una ficción útil al modo de las fictio iuris en el derecho o los enunciados contrafácticos en ciencia. La teoría moderna del “contrato social” como origen histórico del Estado es otra ficción útil que nos sirve para residenciar la legitimidad del poder político en la comunidad de los individuos libres. ¡Ojo! Una ficción no es una falsedad sino una invención consensuada. El logaritmo de 2 no es una falsedad pero tampoco es un hecho objetivo, es una ficción instrumental, como toda las matemáticas. Necesitamos las ficciones para entender y organizar el mundo. Somos animales simbólicos que construimos ficciones para representar a la realidad.

La ficción de la sacralidad de la vida humana choca continuamente con la ontología mercantilista de la economía neoliberal, donde todo puede y debe tener un valor de mercado. No hay más que mirar los intentos econométricos de valorar la vida humana en el mercado de seguros o sanitario. Incluso existen modelos teóricos como el llamado valor de una vida estadística (VVE) que permiten calcular el beneficio de evitar una muerte. Cierto es que esta valorización se hace sobre costes hundidos o costes de oportunidad, es decir; o bien daños ya irreversibles (muerte, amputación) o daños evitables (mortalidad eludida). Pero esto no puede ocultarnos la pulsión, más o menos inconfesable, que late detrás de la economía mercantil de monetarizar la vida humana. La escuela del análisis económico del derecho, por ejemplo, ha cuantificado y cualificado los delitos y sus costes en términos económicos. Pero ninguna de estas aproximaciones teóricas ha llegado tan lejos como para valorar explícitamente la vida humana como un bien de mercado, aunque no han faltado sospechosas iniciativas como las de crear mercados de órganos o las biopatentes sobre células y tejidos de origen humano.

Estos atisbos teóricos de mercantilizar la vida, se tornan realidades escandalosas cuando analizamos las prácticas económicas del capitalismo realmente existente. El desprecio absoluto hacia la pobreza, el hambre, o la privatización de la salud y los servicios públicos básicos, muestran que la vida humana no es precisamente sagrada para el capital. Está claro que hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado, en expresión feliz de filósofo Sandel; donde ser es ser el valor de una variable monetaria. Cualquier idea de felicidad hoy, escribió Bauman, termina en una tienda. La vida en general y el neoliberalismo están en una guerra tan camuflada, como paradójicamente estruendosa, como pone de manifiesto dramáticamente la crisis climática.

Y en eso llegó la Covid-19 y mandó parar… La crisis sanitaria ha desvelado que la oposición no es entre el clima y la economía o entre la biodiversidad y el crecimiento, no el dilema es entre la bolsa y la vida, nuestra vida humana, nuestra salud. Se tendrá que elegir entre la salud humana y la incesante circulación de mercancías y capital. Como ha dicho el sociólogo alemán Helmut Rosa; de buenas a primeras ha emergido lo indisponible, la vida. Y la humanidad ha decidido parar. Incluso en aquellos Estados gobernados por los más ultraliberales, las gentes y las autoridades locales y regionales, más pegadas al suelo, han decidido autónomamente parar. Ahora no habrá que elegir entre las ballenas y los automóviles o entre los bosques y las hamburguesa, no ahora es nuestra propia salud lo que está en juego. Nuestro egoísmo de especie nos ha conducido a no ver que cuando nuestro ambiente natural se deterioraba, nosotros nos deteriorábamos también.

Un metaanálisis publicado en la revista PNAS por un equipo internacional de investigadores, estima que entre 7 y 8 millones pueden morir al año por causas asociadas y agravadas a la contaminación atmosférica . Otro reciente estudio, del 6 de abril de este año, de la universidad de Harvard sobre la relación entre mortalidad por Covid-19 y polución en Estados Unidos, concluye: "Un pequeño aumento en la exposición a largo plazo a PM 2.5 conduce a un gran aumento en la tasa de mortalidad de Covid-19, con una magnitud de aumento 20 veces mayor que la observada para PM 2.5 y mortalidad por todas las causas. Los resultados del estudio subrayan la importancia de seguir haciendo cumplir las regulaciones existentes de contaminación del aire para proteger la salud humana durante y después de la crisis Covid-19” Lo que mata a las ballenas, nos mata a nosotros también. La causa de la destrucción de los bosques nos destruye a nosotros también. Este modelo de economía insostenible es un peligro para la supervivencia de nuestra especie y de miles de seres vivos. La bolsa o la vida, este es el dilema. Tú, nosotros y nosotras, decidimos.

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