Kenia

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Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, experto en Urbanismo en el Instituto de Práctica Empresarial (IPE). Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Antes en Grupo Joly. Soy miembro de número de la Cátedra de Flamencología; hice la dramaturgia del espectáculo 'Soníos negros', de la Cía. María del Mar Moreno; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Primer premio de la XXIV edición del 'Premio de Periodismo Luis Portero', que organiza la Consejería de Salud y Familias de la Junta de Andalucía. Accésit del Premio de Periodismo Social Antonio Ortega. Socio de la Asociación de la Prensa de Cádiz (APC) y de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Aún en estos días hay ciertas personas que, como yo, nos seguimos preguntando las razones que han podido existir detrás de la violencia religiosa, porque no llegamos a dar crédito a lo sucedido. Que masacres como la de Kenia sigan sucediendo en un nuestro planeta, que es de los más pequeños que existen en el universo, es realmente un hecho inconcebible e inaceptable.

Tampoco llegamos a entender muy bien por qué no existió un rechazo general tanto de la sociedad mundial, como de líderes del planeta entero. Seguramente porque lo sucedido no nos tocaba tan de cerca y porque ninguna entidad occidental fue afectada. Ellos se lo guisaron y ellos se lo comieron. Ocurrió simple y llanamente en un país africano que no tiene mayores influencias en el resto del continente europeo.

En un sencillo país que no tiene una influencia geopolítica tan amplia, lo que hizo que se quedara en un ataque casi puramente anecdótico. Se atacó un sitio pobre, vulnerable y lejano. Un ataque relativamente fácil de llevar a cabo en un país demasiado acostumbrado a las matanzas y al miedo. Allí no tenían detectores de metales, no había cámaras ni dispositivos de seguridad, no se violaron protocolos de seguridad internacionales. Y por ello no llegó a afectar a la sensibilidad del resto del planeta porque se concibió como algo tan lejano, tan normal, que la comunidad internacional no se llegó a ver afectada mínimamente en términos de miedo y sentimientos de vulnerabilidad.

Pero señores, que estamos hablando de 147 estudiantes ametrallados y decapitados que tenían sus nombres y sus apellidos. Que hasta hace unos días respiraban, caminaban, reían, abrazaban y amaban, y el único crimen que habían cometido era el de profesar un credo diferente al de sus verdugos.

Fueron 16 horas de un verdadero ataque a la humanidad. Es injustificable buscar la paz a través de la violencia y que sigan sucediendo masacres como ésta hoy en día, y que después de tantos “avances”, sigamos siendo presas de los fanatismos.

Yo misma condeno enérgicamente la capacidad que tenemos los supuestos seres “racionales” que somos, de destruir a nuestra propia especie y de la poca tolerancia que aún hoy es la causante de miles de tragedias, así como también, que la vanidad y la exhibición sean las causantes de que protestemos por lo que está de moda y no por lo que en realidad debería de ofendernos como especie.

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