Pablo Iglesias, durante el acto de su reaparición, en Madrid. FOTO: Dani Gago
Pablo Iglesias, durante el acto de su reaparición, en Madrid. FOTO: Dani Gago

No es nada nuevo el doble rasero con Podemos. Colocar el listón ético tan alto tiene un precio. Con la formación morada se ha actuado desde sus inicios de forma feroz. Buena parte de sus adversarios políticos, los críticos, analistas, periodistas, troles a sueldo y jueces de la moral permanecen cada día esperando como pirañas la caída al agua de la presa. Y actúan con voracidad y afán de escarnio cuando huelen la sangre. Así ha procedido siempre el poder cuando la izquierda se acerca cielo político, cuando se discute el status quo de ciertas personas o se enfada a ciertos lobbies. El establishment es de derechas.

Tal voracidad se amaina cuando toca ser ecuánime. Cuando hay que reconocer que un sistema podrido y perverso ha conspirado desde la sombra. Avergüenza constatar que policías, políticos, empresarios y periodistas estuvieron metidos en este ajo con una normalidad pasmosa. Pero hay quienes prefieren alejar el foco de las revelaciones sobre el espionaje sufrido por Pablo Iglesias, pasar a pies juntillas, hacerse los suecos. Silbar. Banalizar la mentira. Ignorar lo relevante.

Que una policía política conspire contra un candidato a la presidencia del Gobierno, primero robando el móvil de uno de sus colaboradores para después tejer una campaña en su contra inventando falsedades y sacando trapos sucios debería ser un escándalo mayúsculo. De esos que abren todos los telediarios y que investiga a fondo la Fiscalía. Es, al fin y al cabo, un fraude democrático.

El ex comisario Villarejo, en una imagen de La Sexta

Pero no. Una conspiración con ramificaciones institucionales que tumba un más que probable gobierno de izquierdas (a la portuguesa) no es digna de merecer un espacio relevante. Prefieren tratarlo como anecdótico. Hablarlo con la boca pequeña. Es mucho más importante y noticiable un chalé comprado legalmente, el refresco que toma un diputado, donde pasan las vacaciones cada cual o la enésima boutade de la ultraderecha, con barra libre en las tertulias políticas. Doble rasero.

Silencio mediático en la semana que se discute quién manda el los medios de comunicación. Casualidades.

Silencio también en el bipartidismo, incómodo hoy, preocupado por tapar sus vergüenzas del mañana.

Silencio electoralista en los otros partidos, aliviados de no ser las víctimas; satisfechos con un lodazal que les otorga rédito político.

Silencio de los guardianes de una democracia devaluada; silencio de los macarras de la moral.

Silencios que avergüenzan.

Silencios cómplices.

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