No muchos años atrás un académico de la RAE que recientemente nos iba a interpelar en unas frustradas jornadas sobre “la guerra que todos perdimos” entre 1936 y 1939 (algo así como lo de “Hacienda somos todos”, independientemente de que algunos lo sean más que otros) llamó idiotas (sic) a quienes todavía no se habían percatado de que estamos en la tercera guerra mundial y esta es contra el islam porque se lo había dicho un soldado tomando cervezas.
Para el novelista superventas en cuestión el islam es una manera de ejercer la violencia (sic) que se remonta hasta la (mil y una) noche de los tiempos y más allá, no ya desde el Imperio turco sino, incluso, desde la batalla de las Termópilas, para lamentarse de cómo los incautos o imbéciles (sic) aplaudieron la caída del Sha de Persia y la Revolución islámica de Irán, toda una amenaza para Europa, la cuna de la libertad y la democracia. Lo de que el Sha hubiera llegado al poder como consecuencia de un golpe de Estado de la CIA derrocando al primer ministro Mohammad Mosaddeq por nacionalizar el petróleo olvidó mencionarlo.
El mensaje no tiene nada de original. Ya la película estadounidense 300, de 2006, recreaba la citada batalla: un puñado de hombres blancos occidentales víctimas defienden algo definido como “libertad” en contra de lo que se presenta como las hordas orientales feas, deshumanizadas, esclavizadas y esclavizantes que odian ese gran principio. El protagonista, Leónidas, y sus hombres, los espartanos, son varoniles y blancos en contraste con los persas y su ejército, todos estos últimos de tez oscura y conducidos por Jerjes, de dos metros y medio y flaco, con muchas perforaciones de rostro y cuerpo y gestos y modales afeminados.
Que en la realidad la sociedad espartana se centrara en reprimir rebeliones de esclavos y conquistar nuevos esclavos, y que por cada hombre espartano, mujer espartana y niño espartano hubiera entre 7 y 10 esclavos, aparte de que físicamente espartanos y persas fueran muy parecidos, poco importa. Desde los bolsonaristas militarizados brasileños hasta los grupos de extrema derecha franceses usan el grito de guerra “ahu” de los soldados espartanos en sus manifestaciones; de hecho, en 1943 el ministro de Aviación nazi Hermann Göring legitimaba en un discurso la batalla de Stalingrado trazando un paralelismo con la batalla de las Termópilas, amén de que una unidad especial de la Luftwaffe, la fuerza aérea famosa por sus misiones suicidas contra los soviéticos, fue llamada Escuadrón Leónidas.
Hace cerca de año y medio, en horario de máxima audiencia y dentro del magacín televisivo conducido por un famoso periodista otrora especializado en la cobertura de fenómenos paranormales, un experto en seguridad manifestaba su apoyo total y eterno al ente sionista frente a los países circundantes, a los que calificaba como puros terroristas y basura humana a exterminar (sic).
El canciller alemán Friedrich Merz nos explicaba a través de la televisión pública alemana hace cerca de un año que Israel hace el trabajo sucio por todos nosotros para acabar con el régimen de Irán (sic). Wesley Clark, general retirado del ejército de Estados Unidos y excomandante supremo de la OTAN, cuenta cómo a los pocos días de los atentados del 11-S de 2001 ya se había decidido invadir siete países de África y Oriente Medio en cinco años, de los cuales la joya de la corona que caería en último lugar debía ser Irán.
En la trastienda se encuentra un pacto interno consagrado por el establishment estadounidense una vez terminada la Guerra Fría y autodesintegrada la URSS. Con una economía muy dependiente de la producción armamentística, las élites imperiales no lograban al principio establecer un consenso sobre quién sería el nuevo enemigo que justificara mantener el presupuesto militar en más de 300.000 millones de dólares al año.
Al principio apuntaron a la guerra contra las drogas y luego a China, pero ambas estrategias fracasaron al desencadenarse una lucha en el interior del Pentágono entre el ejército y la fuerza aérea por ver qué sector recibiría el grueso del presupuesto bélico: en la guerra contra las drogas el ejército tendría la prioridad, mientras que en la guerra contra China la fuerza aérea tendría mayor importancia.
Esta falta de acuerdo y la lucha entre facciones quedó resuelta el 11 de septiembre de 2001 con la definición de una nueva guerra contra el terrorismo y, específicamente, contra el mundo islámico. Así, todos los sectores del Pentágono tendrían igual prioridad. La nueva doctrina quedó reflejada en lo ideológico con el famoso Choque de civiliaciones de Samuel Huntington, el ideólogo que proveyó una estrategia para el poder hegemónico global. Por cierto, un análisis químico de 2009 concluyó que en el polvo del World Trade Center había restos de material pirotécnico altamente explosivo, como el utilizado por el Pentágono.
La islamofobia comenzó a azuzarse estratégicamente desde Estados Unidos asociando la arabofobia tradicional con el racismo cultural de la acusación de intolerancia religiosa, instaurando una obsesión constante por explicar todo lo que ocurre en los países musulmanes en función de lo religioso-cultural en detrimento de lo político.
En un contexto mundial de incertidumbre debido a la dispersión de las grandes instituciones de la sociedad industrial por mor de las nuevas tecnologías, el control social recurre una vez más al miedo, un perenne y eficaz recurso de propaganda y, hoy, de nuevo, la principal función de dominación ideológica del neopopulismo mediático en los fascismos emergentes. Desaparecidos los sóviets y el enemigo rojo, Occidente conjura sus contradicciones en forma de Acta Patriótica reservando para similar función a los musulmanes. El acto final del guión ha comenzado.
