Inteligencia artesanal

No pocos supermercados ponen una caja con cajera a disposición, algo claramente insuficiente, para que la gente se harte de esperar y se vaya a las cajas autoservicio

20 de abril de 2026 a las 10:56h
Interior de un supermercado Mercadona, en una imagen de archivo.
Interior de un supermercado Mercadona, en una imagen de archivo. DAVID AGUILAR / EFE

Muchos supermercados ofrecen dos opciones de pago para salir y llevarte tus cosas. Una es aguardar la fila y pagar en una caja donde hay una cajera. La otra posibilidad es irte a las cajas automáticas, autoservicio, y pagar con tarjeta. Lo mismo en Alemania que en España o en Canadá o en Buenos Aires. No es, de pronto, ninguna novedad, pero para mí sí es una emoción nueva en el contexto de la destrucción de puestos de trabajo al calor de la inteligencia artificial.

No pocos supermercados ponen una caja con cajera a disposición, algo claramente insuficiente, para que la gente se harte de esperar y se vaya a las cajas autoservicio. Si nos fijamos, en las dos filas la mayoría termina pagando con tarjeta. La diferencia es si voy a entrar en contacto con un ser humano al final de la fila, buenos días, buenas tardes, o voy a vérmelas con una máquina, solo máquina, que habla con una voz aflautada y metálica como cuando vas en el ascensor y te dije cosas completamente innecesarias o absurdas e incorrectas en la lengua y que luego se incorporan al modo de hablar de las personas.

La escena más ridícula posible en un supermercado es ver a una cajera deslomada en su silla frente al rayo lector y una fila de gente cuyo final ni se atisba, junto a un espacio de cajas autoservicio donde la única persona que hay es una cajera sentada en una silla y vigilando a nadie, para que nadie se lleve nada sin pagar, mientras la cajera no deja de bregar deslizando productos que hacen pip cuando pasan.

En todo este operar hay un deseo de las empresas de no tener empleadas, de no pagar a empleadas y de hacer más fácil la contabilidad: contar dinero contante y sonante se les volvió pesado. Hay también, un deseo del sistema de disciplinarnos a todos para que paguemos con tarjeta y no con metálico, efectivo es también la tarjeta, porque pagar con tarjeta hace posible el control social del consumo. Así se pueden articular publicidades y estudios de mercado sin demasiados costos para mayor beneficio de todas esas empresas, sin que nosotros recibamos a cambio ningún beneficio.

Hay incluso un restaurante en Hamburgo que tiene en la puerta un cartelón en el que anuncia sin rubor que exige el pago con tarjeta para evitar la economía en B y el lavado de capitales. A este punto del ridículo estamos llegando para que un comerciante busque notoriedad entre su parroquia, y la amplie, con una propuesta tan peregrina. Hay varios cafés más donde solo es posible el pago con tarjeta, algo que realmente choca con la legalidad vigente sobre la moneda de curso legal. Al mismo tiempo vemos que hay cafés muy preocupados porque el cliente pague por adelantado y haya en la barra dos personas: una haciendo cafés como loca, la otra cruzada de brazos porque ya todos pagaron y la cola sale hasta la calle. Es falta de inteligencia artesanal en la división del trabajo.

No es la inteligencia artificial la que va a despojar de su trabajo a enorme cantidad de cajeras de supermercados, sino el deseo insaciable de beneficios en el que entró está sociedad de la mano de la inteligencia artificial: oficinas desesperantes sin empleados donde voces aflautadas surgidas de las catacumbas de las máquinas no ofrecen soluciones a los usuarios que terminan resignados y aplastados por un sistema donde la individualidad de las necesidades y los problemas dejaron de existir porque el catálogo de numeritos que se pueden marcar se acabó ya, aunque los problemas que tengamos persistan. No hay numerito en el teclado para tu problema: te aguantas. No hay oficina a la que ir y hablar con una persona de inteligencia humana y artesanal que piense como resolverte el problema.

La misma inteligencia artificial que en la medicina puede ser de una utilidad enorme, la misma que en trabajos pesados o peligrosos puede aportar seguridad, en muchas actividades de la vida cotidiana puede destruir nuestra cultura humana porque los productos culturales se producen ya por máquinas que no son inteligentes sino reproductivas y poco proactivas humanas, a diferencia de los seres humanos. A diferencia de los seres humanos, que se dan los buenos días y las buenas tardes, acto mínimo humano, unido a la mirada con los ojos, las máquinas te saludan con voces aflautadas metálicas, diciendo cosas hilarantes como si fueran ascensores, y además sabes que no te saludan, que es una voz automática que sale de un motorcito sin entrañas, ni corazón ni alma.

Esta ansia por ganar dinero y para ello desplazar a las personas del acceso al dinero que les aporte una vida humanamente digna, ya existió y produjo un movimiento de destrucción de las máquinas: el ludismo, en el siglo XIX. El problema es hoy cómo crecen los entusiasmos por una tecnología que le otorga a cualquiera la posibilidad de producir cosas para las que ni siquiera tiene los conocimientos mínimos ni los quiere tener: producir una fotografía, producir una novela o un poema, producir una composición musical. Es la magia, lo que más fascinó al ser humano todos los tiempos. Producir cosas para las que no se tiene ninguna sensibilidad y solo se persigue la producción de algo que se pueda vender.

Que tu celular te muestre el camino, pero el más largo, porque la maquinita no conoce el territorio; o te diga que no estás sentado en el café en el que estás realmente sentado, que no existe, como me ocurrió en París. Es la invasión de los imbéciles, sí, dispuestos a defender la tiranía de la inteligencia artificial porque les hace olvidar que son imbéciles, parafraseando a Umberto Eco, una gran masa social.

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