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Insultar bien es un don. No todos podemos tener la verborrea del capitán Haddock. Los “papanatas”, “troglodita”, “iconoclasta”, “zopenco” o “ectoplasma” podían brotar de entre las barbas del deslenguado marino de Hergé con igual soltura que corría por su gaznate un trago largo de Loch Lomond. Realmente, para eso hay que nacer. Hoy en día nos falta cultura del buen insultar, aunque paradójicamente estemos más cabreados que nunca. A estas alturas ya sabrán que la FIFA ha sancionado con cuatro partidos de suspensión a Messi por insultar a un juez de línea a la finalización del partido entre las selecciones de Argentina y Chile. Hace hoy justo una semana. Al parecer, el colegiado no escuchó claramente lo que el jugador le decía pero después del encuentro, y a través de la prensa, entendió que se trataba de un insulto. Así que cuatro partidos en blanco. Con lo que le cabrea eso a un culé.

Y es que cada día asistimos a una batalla de improperios más carnal en canchas muy diversas, siendo las deportivas solo un ejemplo. El coto político y el institucional no se quedan cortos. Mucho menos, el mediático. No obstante, los españoles parecemos haber renunciado al exabrupto elaborado. Sin ir más lejos, hace un par de años un periódico digital recopiló más de dos centenares de insultos en castellano y pidió a sus lectores que votaran aquél que les pareciera el mejor. El podio, nada sorprendente en cuanto al oro, deparó el primer puesto al clásico “hijo de puta” —que si atendemos a Ernesto Sevilla y demás “chanantes”, habría que decirlo más. “Mierdaseca” o “bocachancla” ocupaban honrosos escalafones siguientes en número de votos. Más allá de lo castizo de la construcción semántica ganadora, toca un poco las narices que para injuriar a tal o cual personaje no se nos ocurra peor descalificativo que apelar al oficio ligero de su santa madre. Recuperemos pues costumbres más sanas y abracemos el hábito de cultivar la mente del agraviado. Al menos, no le privemos del placer del conocimiento. Insultemos, pero con propiedad.

Para muestra, valgan los siguientes botones. “Bultuntún”, dícese de aquél que habla sin ton ni son. “Cagalindes”, un ser que es cobarde —y probablemente también tiene tonterías por decir. Un “curcunda” es quien hace gala de sus ideas retrógradas. Si desea usted insultar a los promotores de cierto autobús que pretende enseñar cómo son por los siglos de los siglos los niños y las niñas, puede emplearlo; claro que, en este caso, los dos anteriores también resultarían apropiados. Si considera usted, buen lector, que le rodea algún que otro sinvergüenza, como el que se le cuela en la cola del hipermercado, puede deslizarle un sutil “crapuloso” y le quedará muy señorial.

Si considera que algo es ridículo o grotesco, puede tildarlo de “fantoche” sin miramientos —ejemplo práctico, una vez más, el autobús de marras—, y si se encuentra en presencia de un ser de pocas luces, láncele un “mamerto” a la yugular y el golpe será sin duda definitivo. Para esos especímenes salvajes, un “mangurrián” está siempre indicado; para los santurrones, pruebe con un “tragasantos” y si considera que su compañero de trabajo no hace nada de provecho es porque probablemente se pase el día vagueando cual “zascandil”. Ahora puede hacérselo saber con delicadeza. ¿Y por qué será que no dejo de pensar en el dichoso autobús genital? Es una lástima que el bueno de Archibaldo Haddock no se haya topado nunca con él. Habría podido desplegar a gusto el arsenal dispuesto, ya que no tenía nada de lento, no pecaba precisamente de zurumbático.

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