No escribo esto como experto. Ni como técnico. Ni siquiera como alguien que tenga todas las respuestas. Lo escribo como sevillano. Como uno más. Como alguien que mira su ciudad y no la reconoce del todo… y, lo que es peor, empieza a no gustarle.
Esto es, en el fondo, un grito. Un aviso. Un SOS.
Porque Sevilla no se ha roto de un día para otro. No ha habido un estruendo, ni un momento concreto que podamos señalar. Ha sido algo mucho más silencioso. Más peligroso. Un desgaste lento, constante, como una grieta que aparece sin hacer ruido y que un día, sin saber cómo, ya es un boquete.
He visto cómo se vaciaban los barrios de siempre. La Macarena, la calle Feria, Triana, San Bernardo. Gente que se ha tenido que ir porque vivir allí ya no era posible. Edificios abandonados a propósito, presiones, maniobras que todos conocemos aunque nadie nombre del todo. La vivienda convertida en negocio, en cifra, en mercancía. El metro cuadrado convertido en oro. Y el vecino, en estorbo.
Después vino lo otro. El turismo sin medida. El todo vale. El centro histórico —nuestro centro— convertido en un decorado. Hoy paseo por allí y, sinceramente, no sé dónde estoy. Podría ser Sevilla… o podría no serlo. Franquicias, veladores, ruido, gente que viene y va sin saber muy bien dónde pisa. Y nosotros, cada vez más fuera.
Y lo peor es que ya nos lo advirtieron. Como dijo el antropólogo Isidoro Moreno: “cuando lo popular se convierte en mercancía, deja de pertenecer al pueblo”. Pues ahí estamos.
Ni siquiera lo más nuestro se ha salvado. La Semana Santa, que era calle, barrio, encuentro… ahora es otra cosa. Más grande, sí. Más masiva. Pero también más distante. Más difícil de vivir. Más cara. Más controlada.
Intentar ver una cofradía con tranquilidad es casi imposible. Todo está saturado. Todo está ocupado. Todo parece pensado para otros.
Y mientras, se ha ido cediendo poder a estructuras que nadie ha elegido directamente, como el Consejo de Hermandades. Y la carrera oficial… mejor ni hablar: sillas que pasan de padres a hijos, precios que expulsan, vallas que levantan muros invisibles. Al final, lo que era de todos, deja de serlo.
Se ha creado una burbuja. Y las burbujas, ya se sabe, acaban estallando.
Y por si fuera poco, ahora también somos escenario. Escaparate. Plató. Grandes eventos, finales en La Cartuja… dinero para unos pocos y molestias para muchos. Durante días, la ciudad deja de ser ciudad. Se colapsa, se ensucia, se tensa. Y sí, también hay violencia. Y miedo. Y calles que dejan de ser nuestras.
¿De verdad este es el modelo?
Porque de eso va todo esto. De modelo. De qué ciudad queremos. O mejor dicho: de qué ciudad estamos dejando que hagan.
Y aquí no vale señalar solo a unos. Esto viene de lejos. De decisiones de unos y de otros. De mirar para otro lado. De pensar que “bueno, tampoco es para tanto”.
Pues sí lo es.
Y lo más triste es que una ciudad no se pierde cuando cambian sus calles. Se pierde cuando sus vecinos dejan de sentirse parte de ella.
Aún estamos a tiempo. Pero no mucho.
Porque si seguimos así, un día miraremos alrededor y no quedará nada que reconocer. Y entonces recordaremos aquello que decía Antonio Machado: “En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”.
A ver si, por una vez, nos toca pensar.


