Una imagen de 'La matanza de Texas'. Hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos.
Una imagen de 'La matanza de Texas'. Hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos.

Ahora que se acerca Halloween es imposible no pensar en esta frase, quizá una de las más repetidas dentro de los dichos populares. La última vez que la escuché fue en la recientemente estrenada segunda temporada de la serie Grasa, escrita y dirigida por David Sainz, que la introdujo con fines cómicos. Así su protagonista respondía: “A mí un asesino típico así con una máscara me da igual, pues lo cojo y lo reviento. ¿Pero los fantasmas qué haces? Si no los ves ¿cómo les pegas? Si son todos transparentes.” Se trata de una lógica aplastante y hay mucha gente que piensa así, sin embargo, pasa por alto un par de detalles. El más importante es que los fantasmas no existen, pero el más curioso es que la mayoría de las historias de terror que se escriben son realmente la materialización del miedo que se le tiene a los vivos, o la adaptación de atrocidades que se han hecho.

Mi ejemplo favorito son todas las historias, comics y películas que se hicieron en los EEUU durante los años 50 y 60 sobre invasiones alienígenas. Un tema a simple vista inocente escondía el mayor tabú de la época, el miedo a una invasión de la Unión Soviética a modo de ataque preventivo. En este sentido, los extraterrestres fueron una pequeña vía de escape para un temor que tardaría décadas en materializarse como tal, prácticamente hasta los años 80 con Amanecer Rojo. Aunque hay que reconocer la existencia de precedentes, como la novela La Guerra de los Mundos y el pánico que desató Orson Welles cuando la llevó a la radio.

También se sabe que el conde Drácula (aunque no se llamaba exactamente así) existió de verdad, solo que era un empalador sanguinario en lugar de un vampiro. O que durante la primera guerra mundial hubo una oleada zombi, que se trataba realmente de soldados rusos que fueron excesivamente gaseados hasta echar las tripas por la boca y parecer muertos vivientes. Tampoco hace falta reflexionar mucho para darse cuenta de que Freddy Krueger o Jason Voorhees son la adaptación poderosa de dos lunáticos cualquiera. Al final es a este tipo de personajes a los que se le tiene más miedo, y es que inconscientemente sabemos que es más probable encontrarse por la calle a un psicópata que a un hombre lobo. 

Tampoco está tan lejos de la realidad, se sabe que la Matanza de Texas está basada en un asesino real, sin olvidar la lista de maniacos y asesinos en serie celebres. Desde el destripador de no sé dónde, al estrangulador de no sé qué, pasando por el asesino de la catana. Eso sí que da miedo, gente dispuesta a violarte y matarte sin un criterio aparente. Hay que darse cuenta de que cuando vuelves a casa solo por la noche, no vas pensando en si va a bajar volando un vampiro, sino en si se te acerca un encapuchado que bien podría ser un violador. La gente conoce historias, todo el mundo ve las noticias, y efectivamente la realidad supera a la ficción y ya esta última se adapta como puede. Anecdóticamente, durante los años 80, uno de los mayores problemas de Spiderman fue un maniaco religioso armado únicamente con una escopeta llamado El Comepecados.

Todo esto hace que inconscientemente se les tenga más miedo a los vivos que a los muertos, aunque no se quiera reconocer. Quizás de niño perdí el miedo a los muertos con una frase de mi madre que fue lapidaria. Antes, cuando volvíamos al pueblo, siempre nos quedábamos en la vieja casa de mis abuelos. Una casa fría, oscura, que se caía a cachos y con los muebles astillados, podría haberse vendido como una casa encantada. Al final un día acabé preguntando sobre eso mismo. Mi madre sentenció que si había un espíritu en todo caso sería el de mi abuela y en vez de hacerme el mal lo que haría sería cuidarme. La verdad es que me pareció un razonamiento todavía más aplastante que el de Pedro el Grasa.

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