El mismo día que se han publicado las notas de las candidaturas a la Capitalidad Europea de la Cultura, suspenso local como sabemos, se han dado cita diversas asociaciones culturales para hablar de gestión y futuro en la ciudad compartiendo el mismo diagnóstico crítico. Las coincidencias entre las notas y lo que el sector cultural viene exponiendo tiempo dan pistas claras sobre lo que queda por trabajar, no para volver a concursar, sino para sanar la situación. Queremos avanzar en conjunto, pero necesitamos manos tendidas, no despachos blindados.
Lo que ha fallado, en esencia, es la definición de un sistema operativo. Es decir, cómo funciona realmente la cultura en Jerez más allá de los discursos: qué estructuras la sostienen, qué dinámicas la articulan y qué proyectos la han hecho avanzar en los últimos años. Y ahí el vacío, junto a un folklorismo con aroma a pachuli, ha sido demasiado evidente. Hay que innovar y escuchar ya. Queremos dejar de ser invisibles.
No se puede aspirar a liderar un proyecto europeo de esta envergadura sin una trayectoria previa que avale la propuesta. No basta con buenas intenciones ni con conceptos sugerentes si no existen experiencias concretas que demuestren capacidad de ejecución. El jurado no ha visto esa fiabilidad, y con razón. Estamos sobreviviendo a parches, a propuestas desarticuladas, a islas de actividades. Solo hay que ver la cantidad de eventos a medio gas y mínimo mimo institucional. Solo hay que ver la fuga de talento.
Tampoco se ha sabido explicar cuál es el capital cultural real de la ciudad. Y no porque no exista, pues es enorme, sino porque nadie parece haberlo cartografiado con rigor. La propuesta no ha sido capaz de ofrecer una radiografía clara del tejido cultural: quiénes son, qué hacen, cómo se relacionan, qué impacto generan. Sin ese mapa, cualquier estrategia se convierte en una declaración de intenciones. Lo peor es que, probablemente, no lo conozcan.
A eso se suma otra carencia significativa: la medición del impacto. Resulta difícil prometer transformaciones profundas cuando ni siquiera se ha establecido un sistema para evaluar lo que ya ocurre. Sin indicadores, sin datos, sin seguimiento, la cultura queda relegada a un terreno difuso donde todo parece importante pero nada se puede demostrar.
Sin embargo, no todo es inmovilismo. Quizá lo más interesante de este revés esté ocurriendo lejos de los focos institucionales. Diversas asociaciones culturales, desde el afán de la supervivencia, han comenzado a moverse, a encontrarse, a reconocerse entre sí. Han entendido que, más allá de candidaturas fallidas (más no, por favor), el reto sigue siendo el mismo: construir un ecosistema cultural sólido que fomente la creación y la divulgación.
En las últimas semanas se han sucedido encuentros que buscan precisamente eso: tejer una red local que funcione de manera proactiva, que no dependa exclusivamente de impulsos externos ni de coyunturas políticas. En esas mesas se están identificando problemas comunes —la precariedad de espacios y programas, la falta de información, el complejo acceso a los mismos y la falta de recursos estables—, pero también posibles soluciones.
Entre ellas, la más repetida: la necesidad de espacios adecuados y nuevas formas de gestionarlos. Espacios abiertos, flexibles, compartidos. Modelos que rompan con inercias y permitan una mayor autonomía del tejido cultural. De hecho, han surgido propuestas para compartir y gestionar espacios (eso a lo que llaman gobernanza) con programaciones potentes que hoy mendigan lugares y sobreviven a duras penas y de forma invisible ante nuestra administración.
Por ejemplo, se están dando contactos entre asociaciones vecinales con programa cultural para sus barrios que quieren coordinarse con otras asociaciones de tipo cultural para construir en conjunto. Se están planteando convenios entre asociaciones que poder presentar a quienes tienen las llaves de espacios infrautilizados o simplemente cerrados. Se barajan fórmulas de recuperación de actividades, de fomento de la convivencia, de la cohesión y de regeneración urbana. Y todo eso, por desgracia, a espaldas del ayuntamiento, que pese a las invitaciones, no ha acudido a ninguno de los encuentros, todos abiertos para ganar en transparencia.
Tal vez ahí esté la verdadera oportunidad, en el trabajo conjunto del tejido asociativo. No en volver a presentarse dentro de unos años, sino en hacer, por fin, el trabajo que nunca se ha hecho y que es necesario. Pero todo este movimiento no tendrá repercusión si el ayuntamiento, la universidad y el resto de instituciones sólidas, no escuchan.
