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Según un informe de la UE que acabamos de conocer, casi el 60 por ciento de los alumnos en prácticas en España no recibe ninguna remuneración económica. 

Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil. Esta sentencia —que podríamos atribuir a cualquier político corrupto contemporáneo— pertenece en realidad a Joseph Goebbels, el cerebro de la propaganda nazi. Según sus palabras, resulta bastante más inteligente maquinar un embuste con la suficiente planificación que relatar una realidad incómoda e insólita. Este planteamiento legitima, en principio, cualquier eufemismo que se nos ocurra. Es una teoría ampliamente compartida en la actualidad. No hay más que encender la televisión para contemplar una buena muestra. Estos días asistimos a los eslóganes cantarines de una campaña publicitaria que ironiza con aquellas críticas que no nos atrevemos a verter sobre los amigos por más que detectemos su decadencia. Ocurre con los estilismos, las parejas o el mobiliario escogido por ellos, por ejemplo. En esos casos, solemos optar por el eufemismo para minimizar los daños. O para no entrar en conflicto. En el conflicto real.

Esas verdades inverosímiles de las que hablaba el propagandista alemán recuerdan sin remisión a la política. Incluso a la de ficción. La última temporada de la serie estadounidense House of Cards (Netflix, 2013- ) lo pone de manifiesto. Especialmente cuando cierta candidata demócrata decide relatar un episodio real que resulta demasiado poco creíble. Las consecuencias para su carrera política son fáciles de imaginar para mi buen lector sin entrar a destripar el contenido. No olviden eso sí que hablamos de una historia inventada. En el panorama español, por más que un político saquee probadamente las arcas públicas con descaro y sin descanso, su dimisión está muy lejos de perfilarse en el horizonte. Y ahí es donde suele perpetrarse el engaño difícil de desmentir. Cosas de la no ficción.

Ahora mismo nos hallamos de nuevo frente a una de esas realidades incómodas a las que viene siendo preferible colocar por avanzadilla un buen eufemismo. Según un informe de la UE que acabamos de conocer, casi el 60 por ciento de los alumnos en prácticas en España no recibe ninguna remuneración económica. Un porcentaje incluso mayor reconoce tener una carga de trabajo equivalente a la de los empleados contratados, aunque esto sea ilegal. Por lo tanto, donde la verdad molesta —sonrojante a la par que inaudita— nos llevaría a hablar de explotación laboral sin cortapisas, el discurso de algunos se maneja en términos de “privilegio” y “honor” por la posibilidad de “aprender” al lado de los “mejores”. Así lo han catalogado desde algún que otro chef de postín y millonada el cubierto hasta el presidente de la todopoderosa Confederación Española de Organizaciones Empresariales, que debe compartir con el cocinero de los galones el gusto por las comidas caras y la ley del embudo.

Lo más inquietante de todo es que ambos discursos pivotan sobre una terrible y peligrosa falacia: debemos sentirnos orgullosos por ser elegidos para la explotación siempre que los explotadores salgan en la guía Michelín o nos proporcionen —a la larga— contactos con los que algún día —quién sabe— podamos hasta recibir dinero por nuestro trabajo. Si por alguna razón no estamos dispuestos al sometimiento, no somos dignos de tal “honor” o somos sencillamente unos vagos. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan. Esto también lo dijo Goebbels.

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