San Isidro del Guadalete, una ELA de Jerez, en una imagen de archivo. FOTO: JUAN CARLOS TORO
San Isidro del Guadalete, una ELA de Jerez, en una imagen de archivo. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Un importante aprendizaje colectivo, una generalizada sensación de las semanas de confinamiento es que la ciudad aprisiona. El menor espacio vital, la concentración de riesgos, la imposibilidad de encontrar resquicios para poder desarrollar una vida adecuada, mínimamente digna en demasiados casos, ha desatado las ansias de campo.

Según encuestas recientes, ha crecido el interés por vivir en el medio rural, por realizar una apuesta decidida por el teletrabajo, por llevar una vida más confortable, más sana, más segura. Ventajas de vivir en pequeños pueblos que muchos han descubierto desde su piso urbano cuando la pandemia les ha obligado a poner el freno a su ajetreada vida. La demanda de alquileres de chalets y casas rurales se ha disparado.

Ciertamente las restricciones de un modelo urbano diseñado a golpe de talonario y hormigón a lo largo del siglo XX, lleva tiempo mostrando sus restricciones. Contaminación de aire y ruido, reducción de los espacios sociales y de convivencia. Una vida pegada al coche. A los niños de hoy les llaman la generación del asiento de atrás. Aglomeraciones urbanas que son el dominio del auto privado, pensadas por especuladores inmobiliarios para sacar el máximo rendimiento económico a cada metro cuadrado. Zona residencial, zona comercial, zona de rodaje y lo que quede, lo obligatorio, para servicios públicos y espacios verdes.

El neón lleva atrayendo de forma masiva a tres generaciones que han conformado los grandes recintos urbanos y vaciado nuestros pueblos y sierras. Con la crisis sanitaria del coronavirus, alumbramos el error, empezamos a entender que no es el mejor camino colectivo ni individual. Empezamos a rectificar colectivamente por la suma de muchas reflexiones individuales: No tiene sentido que las ciudades sigan creciendo, aunque exista mayor posibilidad de renta neta, en la práctica, la calidad de vida y el poder adquisitivo es menor. Hay que buscar otras opciones, hay que encontrar maneras de volver al pueblo.

El error que no podemos cometer es el de visualizar el medio rural como un microespacio urbano refugio, esto es, no podemos pretender irnos a un pueblo para imponer allí la dinámica y estilo de vida de la gran ciudad.

En el espacio urbano, la generación de riqueza está ligada al conocimiento y la innovación, y en el medio rural, la vida, el empleo, la generación de riqueza está ligada a los valores del territorio. No quiere decir esto que en el medio rural no puedan desarrollarse actividad artísticas o intelectuales, al contrario, bienvenidas, el error sería considerarlas como las profesiones angulares que vertebren la economía y la generación de riqueza. El progreso en el medio rural está ligado a ciclos de producción reales, no a ficciones especulativas financieras que lo mismo se inflan que explotan, como ha ocurrido con diversos sectores donde las startups generan inmensas, pero volátiles ganancias.

No podemos dejar de tener presente que, durante lo peor del coronavirus, junto a los sanitarios y cuerpos de seguridad, ha habido otro colectivo que se ha evidenciado como crucial, nuestro sector primario. El único que nos garantiza alimentos sanos, de calidad y confianza. Unos productos que, hemos vuelto a recordar, son indispensables para la vida y cuyo suministro marca decisivamente la superación de una grave situación de crisis.

Un suelo fértil, un clima adecuado, unas manos que lo trabajen es el primer y esencial eslabón de la cadena de bienestar. El medio rural tiene como misión estrella la de sustentarnos con sus alimentos. También con el agua pura que se genera en la cabecera de las cuencas, con aire limpio, con clima, con energía, con biodiversidad que asegure los equilibrios naturales y frene el cambio climático, el otro gran reto global al que ya nos estamos enfrentando.

Las políticas públicas, el marco normativo, fiscal y social no puede tomar el medio rural y natural como un espacio de retiro y refugio de los peligros y amenazas de las ciudades, estaríamos apedreando nuestro propio tejado.

El hecho de que muchas personas, hoy residentes urbanos, hayan alumbrado en el medio rural un lugar para su futuro es una enorme oportunidad que puede ayudar de forma decisiva a revertir el tremendo despoblamiento que es el declive de demasiadas comarcas, pero no podemos irnos a un engaño colectivo llevando a todo el territorio unos esquemas de vida que no le corresponden. Nuestro medio rural no puede convertirse en un mero escenario idílico de un patrón de vida urbano porque su auténtico valor, su fuerza, su energía, su identidad tiene que estar vinculado a la producción de bienes esenciales para la vida: alimentos, agua, energía, biodiversidad y, las personas que lo sigan llenando de vida tienen que contribuir a reforzar esa identidad.

Es el momento de llevar a cabo una ambiciosa estrategia colectiva y transversal que oriente y fortalezca este deseo colectivo de vivir en el medio rural. En primera instancia garantizando unos servicios públicos de calidad que permitan una seguridad y una tranquilidad en el ámbito de servicios educativos, sanitarios, de seguridad, asistenciales, infraestructuras, acceso a la tecnología en igualdad de condiciones para todos, con independencia del lugar de residencia. A continuación, apuntalando los valores propios de cada territorio, de cada comarca, incentivando proyectos empresariales que permitan que el valor añadido y el empleo se quede en el propio territorio gracias a la transformación de productos y la clara identificación de los mismos con el lugar donde han crecido y se han transformado. Formando nuevas generaciones de profesionales especializados que consigan el máximo provecho de las especies propias, de los rasgos diferenciales de cada territorio (ingenieros, podadores, pastores, apicultores, hortelanos), fortaleciendo la gobernanza alimentaria. Articulando mecanismos para que, en la cadena de valor económica, se garanticen rentas dignas para los empresarios y trabajadores del sector primario, ahora en manos de las grandes cadenas distribuidoras. Incentivando para que resulte atractivo y motivador para los funcionarios los destinos en el medio rural. Generando una fiscalidad que suponga un acicate para los emprendedores y proyectos rurales. Realizando una intensa labor pedagógica a niños y adultos sobre alimentación saludable, hábitos de vida y consumo. Fomentando la generación de energía de fuentes próximas y renovables, favoreciendo la gobernanza energética. Estableciendo sinergias entre los espacios urbanos y rurales próximos mediante el intercambio de conocimiento, mano de obra, alimentos, consiguiendo que la actividad del territorio se convierta en riqueza, empleo, progreso, justicia social.

En este proceso, todos somos necesarios. Se nos ha mostrado que la globalización hiperbólica al servicio de un modelo de crecimiento suicida y un consumo innecesario no es la mejor manera de tener una mejor vida hoy y mañana. Por ello, cada uno de nosotros, en nuestro ámbito de trabajo y personal debemos ser parte de la solución. Con nuestros hábitos de compra y consumo. Con la manera en que miramos y tratamos a nuestros semejantes. Con el respeto con el que medimos la función de otras profesiones. Con el lugar que elegimos para vivir y la manera que tenemos de hacer turismo. La justicia social, el futuro, lo hacemos todos, cada día.

Francisco Casero Rodríguez, Antonio Aguilera Nieves

Fundación Savia por el Compromiso y los Valores

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