Tras el fracaso toca hacer una lectura crítica y mejorar

La cultura necesita algo más que logotipos, consultoras y actos solemnes. Necesita escucha, rigor y una comunidad cultural que se sienta parte del proceso

14 de marzo de 2026 a las 09:55h
Miembros del Consejo Rector de Jerez 2031, tras conocerse que se queda fuera de la fase final.
Miembros del Consejo Rector de Jerez 2031, tras conocerse que se queda fuera de la fase final. JUAN CARLOS TORO

Ahora que el resultado es conocido y que Jerez no ha pasado de fase en la carrera hacia la Capitalidad Europea de la Cultura, quizá por fin podamos hablar con algo más de calma. Durante meses cualquier matiz crítico se interpretaba como desafección hacia la ciudad, cuando no directamente como boicot. Hoy toca, sobre todo, que las instituciones participantes hagan una lectura crítica de sí mismas si de verdad quieren mejorar. No entraré en culpas ni en costes, sino en capacidades y voluntades para el futuro, el cual debe construirse comprendiendo que la estrategia de ciudad no puede estar en manos de cuatro, sino de un gran engranaje que implica cooperación y escucha activa, las grandes ausentes.  

Durante el proceso intenté trasladar muchas de estas inquietudes a la propia candidatura, en los espacios habilitados para ello. No para torpedear nada, sino para aportar. Pero la sensación, demasiadas veces, fue la de hablar en una sala donde los egos ocupaban más espacio que la escucha.

Indico a continuación varios puntos por los que el proceso se ha desangrado. En primer lugar, la propia forma de trabajo de la candidatura: nunca quedó del todo claro dónde terminaba el criterio de la consultoría externa y dónde empezaba la responsabilidad de los patronos —Ayuntamiento, Universidad, tejido empresarial—. Y en segundo lugar, con la escasa voluntad de mejorar el propio proceso participativo. Se convocaban encuentros, sí, pero apenas se evaluaba su funcionamiento ni se exigían responsabilidades sobre lo que no estaba funcionando. Ni siquiera nos conectaron entre asistentes, todo islas. Así, ni tan siquiera el camino ha sido de utilidad para reforzar nada, sino al revés. Ha servido para el desapego. 

Quienes acudimos a esas convocatorias vimos repetirse un mismo paisaje. Instituciones presentes porque tocaba estar, y alrededor un grupo reducido de personas tratando de encontrar algún encaje para sus proyectos, la mayoría modestos, pues los grandes agentes culturales de la ciudad apenas pisaron el proceso. Muchos de ellos —siempre en privado, no vaya a ser que les tomen la matrícula en el Ayuntamiento— mostraron desde el principio su escepticismo sobre las posibilidades reales de la candidatura. Y, con razón o sin ella, decidieron mantenerse al margen. La participación llegó a ser tan escasa que se terminó recurriendo a sorteos de tablets para animar la asistencia. No deja de ser una imagen elocuente. 

A ello se sumó algo todavía más preocupante: el descrédito que han sufrido los propios sectores culturales desde el inicio. Como agente cultural he vivido el desdén de algunos técnicos viciados en sus dinámicas (ese capítulo sobre es desprecio lo escribiré otro día).  

También ha contribuido al descrédito la ausencia de criterio en la construcción del relato de la candidatura. En un proyecto de esta envergadura todo se habla y todo circula. Ver el logotipo de la candidatura asociado a casi cualquier iniciativa —sin apenas filtros ni criterios claros— terminó diluyendo su significado y su coherencia.

Otro denominador común fue la falta de transparencia. En cada paso del proceso se pedía participación, pero rara vez se devolvían resultados. A menudo ni siquiera atendían las mismas personas en las distintas sesiones. Uno regresaba a la siguiente jornada y el interlocutor era otro que desconocía lo ocurrido en la anterior. Cero circularidad de la información. Mucho trámite, poca construcción colectiva.

Pero quizá, uno de los errores más de fondo haya sido intentar esconder las miserias bajo la alfombra. Las candidaturas europeas no se valoran solo por lo que una ciudad ya es, sino por su capacidad de transformarse y mejorar la vida de quienes la habitan. Jerez, sin embargo, se ha presentado como un lugar de arte infinito donde aparentemente no existen los problemas. Y lo cierto es que problemas tenemos, y muchos. Precisamente ahí podía haber estado nuestra mayor fortaleza: reconocerlos y convertir la candidatura en una oportunidad real de cambio.

En lugar de eso, a menudo dio la impresión de que se optaba por el maquillaje. El contraste entre el tono grandilocuente de algunos actos institucionales y la precariedad de los encuentros con la ciudadanía resultaba difícil de ignorar. Los dos días de presentaciones en el Museo de la Atalaya levantaron una cúpula retórica tan grande que, cuando uno miraba dentro, todo parecía demasiado pequeño.

Ahora que ha pasado lo que muchos intuían que iba a pasar, quizá sea el momento de parar un momento y mirar con honestidad lo ocurrido. No para repartir culpas fáciles, sino para aprender. Si algo debería dejar este proceso es la oportunidad de repensar cómo trabajamos la cultura en esta ciudad, cómo nos relacionamos las instituciones con los agentes culturales y cómo se construyen, de verdad, los proyectos colectivos.

Porque la cultura —si de verdad aspira a transformar una ciudad— necesita algo más que logotipos, consultoras y actos solemnes. Necesita escucha, rigor y una comunidad cultural que se sienta parte del proceso.

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