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He aprovechado la Semana Santa para volver a leer Figuras de la Pasión del Señor, de Gabriel Miró. Un clásico —se publicó originalmente en dos tomos, en 1916 y 1917— de obligado regreso, porque nunca se desvanece ante sus páginas el asombro. No es ya la historia que cuenta, sino cómo la cuenta el novelista alicantino, probablemente el autor español que más ha otorgado a la novela calidades de poema. Miró nos lleva a los parajes y la época en que tuvo lugar la predicación y el martirio de Jesús, sirviéndose de un lenguaje y unas descripciones que nos hacen sentir la naturaleza de las cosas y las esencias de la naturaleza. Una plenitud sensorial que nos inunda de olores, texturas, sabores, sonidos y colores extraídos del ámbito mediterráneo hasta tocar directamente el corazón.

Para desencadenar la narración, la figura de Judas cumple una función antagonista: “Y sacó el de Kerioth los treinta siclos de plata, y fue mirándolos a la postrera claridad de la luna”. Un aguador nos conducirá a la casa donde se celebrará la cena de la Pascua. Nos hallamos ante un simbolismo evangélico: “El agua temblaba en los frescos labios de la vasija, agua gozosa y penetrada de claridades; dentro tenía color de panal; y a veces se trocaba en azul de la mañana”. En la Última Cena, cambia el simbolismo: “El encendido vino quedó quieto y centelleando, con la densa color de la sangre”. Así van sucediéndose escenas y personajes y, con ellos, las perspectivas para observar la Pasión de Cristo. Las bellísimas descripciones de Miró son de pintor más que de escritor. Los paisajes, los interiores, las atmósferas están construidas con detalle y delicada precisión. Los hechos, contados haciendo uso de un espléndido léxico, no exento de arcaísmos, que recupera en muchas ocasiones un ámbito rural y evoca sensaciones que hablan de la tierra y del espíritu.

Profundamente cristiano, Gabriel Miró sigue en lo esencial los Evangelios. En el impresionante capítulo “Pilato y Cristo”, la esposa de aquel, Claudia Prócula se estremece recordando la mirada del nazareno y aboga por él. Tiene incluso un sueño premonitorio. El interrogatorio de Pilato al Rabbi despliega un fascinante dramatismo. El prefecto no quiere mancharse las manos con la sangre de un justo, pero también teme la hostilidad de los judíos encabezados por el sumo sacerdote y su amenaza de enemistarle con el César.

Los efectos de la flagelación y la crucifixión de Cristo son descritos con sobrecogedora plasticidad: “Su cuerpo semejaba de una arcilla pegajosa, con placas azules de los trastornos circulatorios, con coágulos desprendidos de la espalda flagelada, roída por la antena”. Las mujeres son testigos de estos momentos postreros, cuando casi todos los discípulos se han alejado del Maestro. Ellas siguen al pie de la cruz. El volumen lo cierra la interrogación de la samaritana que supo por el propio Jesús del agua que da vida: “Rabbi, Rabbi! ¡Por qué has resucitado para subirte al cielo!...”.

Figuras de la Pasión del Señor nos hace presente a Jesucristo en su sangrante humanidad. Juan Gil-Albert ha escrito que, con su lectura, “el dolor físico de la crucifixión nos latirá dentro de cada víscera”. Por su parte, José Manuel Caballero Bonald considera esta obra “un prodigio de la literatura en estado puro” y “un modelo de inteligencia creadora y delicia poética”.

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