No me apetece viajar a otra ciudad para ver lo mismo que en la mía y Nápoles es un lugar en el mundo que permite la ruptura de la uniformidad progresiva que nos parece imponer lo contemporáneo. Y lo hace siendo fiel a sí misma, conocedora de la exportación de una multitud de estereotipos que no siempre coinciden con la realidad, pero sin importarle lo que el resto del planeta piense de ellos.
Asumiendo que parece que cualquiera puede hablar de esta ciudad, aunque ni siquiera haya estado, hay una cosa que debiera estar clara pero que no obviamos en señalar, no existe un modelo único de “napolitanía” o “neapolitá”. Es una urbe peculiar y variopinta. Parténope es universidad, mar, comercio, religión, calcio, vespas desbocadas, pizza y Sorrentino. Es uno de los sitios más cantado, cinematografiado y escrito, desde que ya lo hicieran aquellos viajeros intelectuales que recorrieron tiempo atrás el Grand Tour.
Que no exista un exclusivo modo de vida napolitano no significa que Nápoles no tenga identidad. Allí se ha hecho del caos un orden. Los adoquines se niegan a desaparecer como en otros lados para hacer la calzada más cómoda y, dicho sea de paso, más horripilante. Callejones con ropa tendida y avenidas con palacios dan al mar. Seis segundos en verde el semáforo para peatones, setenta y nueve para vehículos. La esencia de una urbe de comerciantes y tartaneros se levanta cada mañana en los puestos del pescado de vía Vergini. La grandeza reside en la sencillez de una margarita. La vida en la calle es fidelidad a un legado cultural e histórico de tradición romana. Aman a su ciudad como al Diego, con sus luces y sus sombras, llevando tatuada en la piel la letra de “La vida tómbola” de Manu Chao.
Las nociones de Nápoles vienen del dolor de los sueños perdidos de sus habitantes, hereditario en la esencia del autóctono. Un sur que casi siempre pierde frente al norte. Escuché al escritor local Maurizio di Giovanni decir que las mejores obras nacen de sentimientos desgarradores como el abandono, el desarraigo o la nostalgia, del mismo modo que Sabina nos mostraba que las mejores canciones de amor son las de desamor. Esas sensaciones circulan en la sangre napolitana y son origen y contenido de la excelencia mundana de este rincón.
El Mediterráneo no es un accidente geográfico casual, sino causal y Nápoles es un lugar que nos invita a recordar qué somos y de dónde venimos, perdurando una visión costumbrista e identitaria de la vida que trata de escapar de imposiciones globalizadas y de corrientes homogeneizadoras. En ningún otro lugar como allí se da tanta importancia a los ritos funerarios ni se llega a rezar de tal manera por las almas del purgatorio. Quizá por el hecho de asimilar que la muerte es la mejor despedida del hombre se afronta allí la vida de una manera diferente, más nuestra o más suya, pero siempre fiel a sí misma. Como ha escrito Kris Ubach, la resistencia es el elemento distintivo de Nápoles. Los napolitanos resisten como han hecho siempre, sin importarles lo que de ellos piensen el resto de la humanidad.
