Durante todo un año viví sin luz eléctrica en una casita aislada en la sierra de Grazalema (mi vecino más próximo distaba algo más de un kilómetro). Ha sido, sin duda, una de las experiencias más ricas e interesantes de toda mi vida. Sin luz —me alumbraba con velas y candiles, y cocinaba con leña— las noches en el monte se hacen enormemente largas conforme se acerca el invierno. Por otro lado, las inclemencias del tiempo —la lluvia constante e incluso la nieve— te obligan a permanecer muchas horas en a la casa, junto al fuego. Los días son cada vez más cortos, y las noches cada vez más largas y frías. Entonces comprendí el agobio de los hombres antiguos, su terror cósmico a una posible noche eterna, y su irrefrenable alegría al comprobar que hay un punto de inflexión en que los días comienzan otra vez a crecer y las noches a menguar. Es el solsticio de invierno, en torno al 22 de diciembre.

Durante el imperio romano estuvo muy extendido por todos los países mediterráneos el culto al dios persa Mitra, que guardaba ciertas similitudes con el cristianismo, religión nueva con la que entró en competencia en los primeros siglos de nuestra era. Para celebrar el nacimiento de Mitra, dios al que identificaban con el Sol Invencible, cada 25 de diciembre —día del solsticio de invierno según el calendario juliano— sus adoradores hacían luminarias y salían a media noche de los templos gritando ¡la Virgen ha parido! ¡La luz está aumentando! (se referían a la Virgen Celeste, Diosa Celestial o Gran Diosa Madre, que recibía diversos nombres según el lugar: Astarté, Istar, Cibeles, etc). Estas festividades gozaban de una gran popularidad. En Egipto representaban al recién nacido mediante la imagen de un niño que los sacerdotes sacaban al exterior para presentarlo a sus adoradores, como en nuestra misa del gallo.

Las religiones orientales, entre ellas el culto a Mitra, habían entrado en Roma a partir del año 204 antes de Cristo, cuando los ejércitos del cartaginés Aníbal campaban a sus anchas por la península italiana. Según una profecía deducida de los libros sibilinos el invasor extranjero sería arrojado de Italia cuando estuviera en Roma la gran diosa oriental, Cibeles. Por eso, desde la ciudad de Pessinos, en Frigia, la piedra negra que representaba a la diosa fue enviada a Roma con gran pompa, donde fue recibida en el templo de la Victoria. Para colmo, ese año hubo una gran cosecha y, además, Aníbal y sus soldados embarcaron definitivamente para África. Con estos augurios el éxito de las religiones orientales estuvo garantizado, y el culto a la Diosa Madre, en sus diversas advocaciones, y a su hijo, se extendieron por todo el imperio.

Durante los tres primeros siglos de nuestra era los cristianos solo celebraban la muerte y resurrección de Cristo, no su nacimiento. Es a finales del siglo III cuando los cristianos empiezan a interesarse por la fecha del nacimiento de Cristo, asunto sobre el que nada dicen los evangelios. En un principio los cristianos de Egipto, y de Oriente en general, adoptaron el 6 de enero, fecha que no fue reconocida por la iglesia occidental. Finalmente, y dado que muchos cristianos participaban en las festividades del nacimiento de Mitra, con el peligro de pérdida de feligreses que ello suponía, se decidió  establecer el nacimiento de Cristo coincidiendo con el de Mitra, el 25 de diciembre. Pero no para celebrar el nacimiento del sol, sino el del Creador del sol, como apuntó sagazmente San Agustín.

El escritor latino Lucrecio, seguidor y divulgador de Epicuro, no creía en los dioses y abominaba de las religiones. Sin embargo al iniciar su gran obra De rerum natura no dudó en hacer una invocación a la diosa Venus —“placer de hombres y dioses”—, solicitándole que le otorgara gracia perdurable a sus decires, y que trajera la paz al mundo. Y es que Lucrecio sabía de la importancia de la religión como base de su cultura, y que la desaparición de una supondría también la de la otra.

Por todo ello, en defensa de nuestra cultura y tradiciones milenarias —anteriores al cristianismo pero conservadas en el seno de las iglesias cristianas—, es conveniente que tanto ateos como creyentes participemos de los rituales religiosos que hoy, como en el ayer pagano, celebran el misterio, el milagro maravilloso y cíclico de la vida.

Dios ha nacido. ¡Feliz Navidad!

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído