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Aprovechando el bombo mediático que se le está dando a la política estadounidense este año, me he acordado de un post que escribí en mi blog sobre algunas diferencias o aspectos a destacar, percibidos desde mi experiencia personal, entre mi país natal y la universalmente tan idolatrada como criticada USA, o más bien California, que es donde residí poco menos de dos años hasta mi regreso a España el pasado mes de junio. Comenzamos pues:

  • Todo es enorme en Estados Unidos: las autopistas, los coches, las comidas, el contorno de un considerable porcentaje de la población. Principalmente quiero destacar aquí que es totalmente corriente encontrarse de repente en carreteras de cuatro, cinco y más carriles. El máximo sobre el que he estado conduciendo ha sido de 9 carriles. Siguiendo con la lista, más adelante especifico el tipo de menú más típico por allí. Y no es que fuera esquivando gordos pero se nota la diferencia con España. Se ve bastante más gente grande, y muy grande.

  • La dependencia de un medio de transporte personal es absoluta e irremediable: Estados Unidos se ha construido sobre carreteras. No puedes moverte sin coche. Bueno, puedes probar a buscar conexiones de autobuses y trenes. Si no estás en una “gran ciudad”, no las encontrarás, y las que haya, tanto en ciudades menores como mayores, te consumirán media vida. Y el tráfico es espantoso. Nunca olvidaré una de las veces que regresaba de Los Ángeles a Riverside, un recorrido de aproximadamente una hora en condiciones normales. Tardé la friolera de tres horas y media a causa de la inmensa cantidad de vehículos. Ahí lo dejo. No vayáis a Estados Unidos con una idea predeterminada del tiempo que estaréis en carretera: siempre será más.
  • El clima: para ser sincera, considero que en invierno llovió bastante más de lo que me esperaba (una o dos semanas en conjunto) en Riverside para cómo se describe al estado de California en este aspecto. Pero en general efectivamente hace bastante calor y sol (gafas de sol obligadas), con una bajada, no obstante, de cerca de 20 grados por las noches en la mitad del año más “fresca”. O sea que mejor llevar una chaquetita tras la caída del sol. Afortunadamente en San Diego, donde viví durante la segunda mitad de mi estancia en EEUU, las temperaturas se presentan mucho más estables debido a la cercanía al mar, manteniéndose entre los 13 ó 14 grados y los veintipocos en líneas generales. Y con un viento a menudo hacia el que no experimento ningún cariño. Eso sí, algo que me llama la atención desde siempre es el cambio brutal de sensación entre sol y sombra, que no me parece tan exagerado en España.

  • Los semáforos están al otro lado del cruce, no en tu lado: como estaréis comprobando, buena parte de mis comentarios se centran en la conducción. Y es que este es un temita bien candente. Con lo apañados que se me han hecho anteriormente un autobús, un metro o mis propias piernas… ¡Ah! La siguiente diferencia vendrá a raíz de esto último. Pero para cerrar este punto, he de confesaros que al principio despistaba bastante ver los semáforos al otro lado y era tentador dejarse engañar por los de los lados o avanzar hasta su pie, pero te acostumbras rápido ante la temible posibilidad de quedarte en medio de un cruce americano.
  • La gente no camina. La última vez que dejé un coche alquilado, un empleado de la oficina me llevó a casa, la cual estaba a unos veinte minutos a pie. Les parecía lejos. Unas caras de: “uy, ¿hasta allí andando?”, como si me pudiera dar un jamacuco por el camino. Ya que me lo ofrecieron y hacía calorcillo, acepté, pero para que os imaginéis lo raro que consideran el que alguien tenga verdadero interés y placer por caminar, a menos que se tenga un parque cerca o algo parecido.
  • Las hamburguesas y sándwiches de no menos de cinco elementos gozan de una supremacía estelar como oferta gastronómica, así como los anuncios de ellos en los medios de comunicación, carteles de paredes de autobús y de calles, etc. Mientras que en España te tropiezas con un bar de tapas cada pocos pasos, en Estados Unidos los “restaurantes” fundamentalmente ofrecen un menú de consistentes hamburguesas y sándwiches, atención: ¡con sus calorías incluídas! Gracias, necesitaba saberlo. Eso sí, a poco que te permitas una pequeña subida en el gasto, puedes encontrar perfectamente otras cosas… Si tienes la suerte de que se ofrezcan por tu barrio o cuentas con un coche para llegar a ellas, claro. Gran perdición la siguiente cadena, entre tantas otras. Y que no falte nunca una copiosa ración de patatas fritas.

  • Los americanos te hablan. Mucho y en cualquier parte y contexto. Recuerdo unas cuantas situaciones: una yendo en un autobús, durante la cual un simpático señor con pinta andrajosilla y falto de algunos dientes se dedicó a hablarnos de cosas varias, destacando bromas que tardaba en pillar (o no pillaba) y consejos sobre cómo ganar apostando en las Vegas; otra ocasión en la que una señora de unos mil millones de años me cogió por banda en un supermercado y me contó su vida entera (cuando digo entera, es ENTERA), partiendo de base de la cara de buena persona que me vio y el hecho de que físicamente le recordaba a su madre; y una más en una pizzería en la que un señor o empleado (no tengo claro que estuviera trabajando allí en vistas de la chapa que me dió) de origen árabe se dedicó a decirme que tenía que casarme y hacer todo lo que mi marido me dijera mientras me cerraba rápidamente en un par de ocasiones el cuello de la camisa. Ojo al dato: normalmente no me molesta que la gente me hable, me he hecho a la idea, pero que me digan lo que tengo que hacer es algo que me revienta. Desde entonces, he evitado ir a esa pizzería. Oh, también recuerdo una situación que se me antojó tan bonita como confusa: al terminar de cruzar un paso de cebra, una mujer que estaba en el primer coche del carril me dijo: “Excuse me, Miss. I just wanted to tell you that I think you are beautiful and that I wish you a wonderful day” (perdone, señorita, solo quería decirle que pienso que es preciosa y que le deseo un día maravilloso). This is America!
  • Los apartamentos de alquiler no suelen estar amueblados. Tuve la inmensa suerte de disponer de uno de los pocos Ikeas del país a menos de diez minutos en coche de mi casa en San Diego. Pura felicidad. ¡Y muchas de las viviendas son como en las pelis! A lo motel, con sus puertas alineadas a lo largo de un par de pisos (mi apartamento incluido).

  • La sanidad y la educación, los dos servicios que considero más importantes, son extremadamente caros. A pesar de pagar un seguro médico, cada consulta te sigue costando un dinero. Un ejemplo cercano de la pasta que se lleva esta industria es una amiga americana que se rompió la columna vertebral en un brutal accidente de coche del que tuvo suerte de sobrevivir. El tratamiento, operaciones, rehabilitación y demás sumaron un total de dos millones de dólares. Afortunadamente el seguro pagó el 80%, pero aún había de pagar 400.000 dólares. Luego, es muy corriente trabajar para pagarse los estudios, y en algo que no tiene nada que ver con ellos. Un día fui a ver a un notario público (que, por cierto, podía ejercer como tal tras un cursillo de dos horas…) y resulta que el chico estaba estudiando biología. Allí se encontraba para poder costeárselo.
  • La mezcla de culturas es espectacular: muchísima gente que ha nacido en Estados Unidos es de origen no estadounidense en cuanto a generaciones previas, dando lugar a un cuadro físico de lo más variado a tu alrededor cuando en España somos fundamentalmente blancos y de familias de origen español. Yo ya viví un gran choque cultural durante el año y medio largo que viví en Londres (UK), pero allí la gente era mucho más a menudo inmigrante como tal que propiamente nacida allí.
  • El salario se aplica por horas o años, no por meses, siendo el salario mínimo de 9 dólares a la hora cuando yo estaba allí. Cabe destacar en este apartado que visualizo a los americanos especialmente obsesionados con el trabajo. O subconscientemente programados para aportar una extremada importancia al dinero, llamadlo como queráis. En España cedemos una consideración mucho mayor a nuestro tiempo libre, cervezas de vez en cuando, vacaciones y tiempo con la familia y los amigos. Diez días de vacaciones de media es lo que tienen los americanos, y tengo entendido que parte de ellos ni se los piden todos. Aunque con lo que les cuestan las susodichas educación y salud, por no hablar de los precios de compra de las viviendas, acaba por no extrañarme esta fijación…

  • Efectivamente, dar menos de un 15% de propina se considera de mala educación. Puesto que ya iba avisada sobre ello, esa cantidad he cedido desde siempre. Si bien en los inicios resultaba molesto, también te acabas acostumbrando aunque el servicio no sea nada del otro mundo y teniendo en mente que, de otra forma, el salario de los camareros quedaría bastante reducido.
  • La estructura de las ciudades es completamente distinta. No son compactas. Los Ángeles se me hace un conjunto de barrios separados por todas esas inevitables autopistas. Siempre has de coger el coche para moverte dentro de la misma ciudad o condado. San Diego no es tan grande como L. A. y, aún así… Y cuando vives allá por el condado de Riverside y te rodean otros condados, ya ni os cuento la imperiosa necesidad de un coche si es que quieres hacer vida más allá de las paredes de tu casa. Es difícil sentir que se vive en una ciudad. La familia americana de una compañera recorrió en una ocasión unos 45 minutos de carretera para ir a una óptica. ¡A una óptica! Se ve que requerían algo más concreto pero sin duda en España contamos con un acceso mucho más inmediato a todo tipo de servicios. Otros 40 minutos recorrimos en otra ocasión para ir a un show cómico, otros tantos para ir a un concierto, para ir de viñedos… Vale, justo esto último o lo tienes cerca o no, y también dependerá del concierto, pero los españoles simplemente no tenemos tal predisposición a recorrer determinadas distancias en coche a menos que el plan sea fascinante, cosa que en Estados Unidos se considera totalmente normal para cualquier tipo de actividad.
  • Para consumir alcohol legalmente has de tener 21 años y 16 para conducir. Lo cual no quita los fiestones que se pegan los menores igualmente, o al menos mi compañera de piso americana de Riverside volvía cada semana fina. Muchas de las fiestas transcurren en casas o apartamentos. No he tenido oportunidad de ir a alguna fiesta de una fraternidad porque a veces son solo de chicas y no aceptan chicos, por lo que el plan no encajaba con mi grupo de amigos. Sí que vi una vez a dicha compañera salir de casa a una de esas fiestas con un maillot y unas orejas y pomponcillo en el trasero en plan conejita. Tomad vuestras propias conclusiones. ¡Ah! Mejor que llevéis el pasaporte si vais de discoteca, suelen pedirlo (incluso cuando es evidente que no se es menor de edad) y el DNI español muchas veces no lo aceptan.

  • Finalmente, el turismo es paisajístico y callejero, no monumental. En California, recorres calles de tiendas, vas a zonas concretas, pruebas locales, pero no ves propiamente monumentos o edificios históricos, o en todo caso de manera mucho más reducida. Por ejemplo, en Los Ángeles tenéis el observatorio Griffith, el Paseo de la Fama o el área playera de Santa Mónica. En San Diego, podéis ver una zona llamada La Jolla con focas en los acantilados, vistas preciosas del mar o la ciudad desde algunos puntos, el puerto… Y luego, muchos pueblos playeros con, pues eso, arena y agua, que personalmente cuando he visto las de una playa ya me basta. También es típico ir a parques temáticos: Six Flags, con montañas rusas tochas (me lo han contado, mi fácil mareo no me da para acercarme), Disney, etc. Cada cual descubrirá por sí mismo qué tipo de turismo prefiere.

Y con esto y un bizcocho, ¡hasta la próxima!

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