El dato no debería dejarnos indiferentes: casi 20.000 menores atendidos en un solo año. No es una cifra, es un síntoma. El último informe de la Fundación ANAR dibuja un mapa inquietante de la infancia y la adolescencia en España, donde la salud mental se ha convertido en el principal motivo de auxilio y la conducta suicida ocupa un lugar central.
Durante años se repitió que la infancia era una etapa protegida, casi ajena a las tensiones del mundo adulto. Hoy esa idea resulta insostenible. Más de la mitad de las consultas realizadas por menores tienen que ver con su salud mental, y dentro de ellas, el peso de las ideas y tentativas suicidas no deja de crecer. No hablamos de casos aislados, sino de una tendencia sostenida que, como advierten los propios expertos, va en aumento.
La pregunta incómoda es evidente: ¿qué está fallando?
Una parte de la respuesta está en el entorno. El informe señala que muchos de estos menores viven en familias atravesadas por la violencia, las adicciones o los problemas emocionales. Es decir, el refugio falla. Cuando el hogar deja de ser un espacio seguro, el impacto en el desarrollo emocional es profundo y duradero. Y si a eso se suma el acoso escolar —cada vez más amplificado por el entorno digital—, el resultado es un cóctel difícil de gestionar para cualquier adulto, y aún más para un niño.
La tecnología, de hecho, aparece como un actor clave. No porque sea el origen de todos los problemas, sino porque actúa como multiplicador. El malestar no se queda en el aula o en casa: se expande, se intensifica y se vuelve constante. La hiperconexión elimina los espacios de respiro. Para muchos menores, el sufrimiento no tiene pausa.
Pero hay otro elemento que no conviene pasar por alto: el silencio. Que casi 20.000 menores hayan sido atendidos también significa que muchos otros no lo han sido. Que han callado, que no han encontrado un canal, que no han sabido o podido pedir ayuda. En ese sentido, el crecimiento de las consultas es una señal ambivalente: preocupante por lo que revela, pero esperanzadora porque indica que existen vías de apoyo que están funcionando.
El verdadero problema sería acostumbrarnos a estas cifras. Convertirlas en rutina estadística. Asumir que la ansiedad, la autolesión o las ideas suicidas forman parte inevitable de crecer en el siglo XXI. No lo son. Y normalizarlas sería, en sí mismo, una forma de abandono.
La infancia no necesita discursos grandilocuentes, sino respuestas concretas: más recursos en salud mental, mayor presencia de orientadores en los centros educativos, apoyo real a las familias y una educación digital que vaya más allá de prohibiciones superficiales. Pero, sobre todo, necesita adultos disponibles. Presentes. Capaces de escuchar sin minimizar.
Porque detrás de cada llamada hay algo más que un problema: hay un menor que, en medio del ruido, ha decidido pedir ayuda. Y eso, en un contexto como el actual, ya es un acto de enorme valentía.
