La Atención Primaria (AP) vive una paradoja difícil de ignorar: es, probablemente, la intervención sanitaria más eficaz, más equitativa y más coste-efectiva de todo el sistema… y, sin embargo, es también la más tensionada, infradotada y cuestionada en la práctica diaria.
No es una opinión. Es evidencia. Tener una atención primaria fuerte reduce hospitalizaciones, mejora la supervivencia, disminuye desigualdades y evita intervenciones innecesarias. Durante la pandemia de la COVID-19, más del 80 % de los pacientes fueron atendidos en Atención Primaria, confirmando su papel como primera línea real del sistema sanitario.
España, además, ha sido durante décadas un modelo internacional: universal, accesible, sin copago en el punto de atención, con una fuerte orientación comunitaria y un sistema formativo —la vía MIR— reconocido fuera de nuestras fronteras.
Y, sin embargo, algo se está rompiendo.
De todo ello, hablamos en el debate que organizaron los jubilados del SAS de Málaga sobre la situación de la atención primaria con la participación de la médica de familia Paqui Muñoz, el catedrático Miguel Ángel Santos como paciente y la introducción de Daniel Prados, médico de familia, donde ha desarrollado una importante labor formativa, junto a mi presencia como profesional de la salud pública.
Una crisis que ya no admite eufemismos
La situación actual de la Atención Primaria en Andalucía —y de forma especialmente visible en provincias como Málaga— no puede explicarse como un problema coyuntural.
Las listas de espera han llegado a la Atención Primaria. La accesibilidad se ha deteriorado. Las agendas se cierran. Los profesionales trabajan bajo una presión constante. Y los pacientes empiezan a percibir que el sistema no responde cuando lo necesitan.
Los datos son elocuentes: demoras medias superiores a nueve días para una cita con el médico de familia, con picos de hasta tres semanas, muy lejos de las 24–48 horas recomendadas por estándares de calidad.
La pregunta ya no es si existe un problema.
La pregunta es: ¿estamos ante una crisis estructural del modelo?
El desgaste invisible: cuando la sobrecarga compromete la calidad
Las agendas sobrecargadas no son solo un problema organizativo. Son un problema clínico.
Menos tiempo por paciente implica:
• menor capacidad diagnóstica
• más riesgo de errores
• menor espacio para la prevención
• peor seguimiento de pacientes crónicos
Y, sobre todo, deteriora uno de los elementos esenciales de la atención primaria: la relación profesional-paciente.
A esto se suma un fenómeno cada vez más extendido: el burnout profesional.
Profesionales desbordados, con contratos inestables, escaso reconocimiento institucional y dificultades para desarrollar su trabajo con calidad.
El resultado es previsible: pérdida de atractivo de la especialidad de medicina de familia, dificultades para cubrir plazas y debilitamiento progresivo de los equipos.
Cuando falla la puerta de entrada, todo el sistema se resiente
La Atención Primaria no es un nivel asistencial más. Es el eje vertebrador del sistema sanitario.
Cuando falla:
•aumentan las urgencias hospitalarias
•crecen las derivaciones al segundo nivel
•se incrementan los costes
•se deteriora la continuidad asistencial
Y aparece un fenómeno especialmente preocupante: la derivación indirecta hacia la sanidad privada. No por elección, sino por necesidad.
Pacientes que, ante demoras inasumibles para pruebas diagnósticas, optan —o se ven empujados— a recurrir al sector privado para ganar tiempo en procesos potencialmente graves.
Aquí emerge una cuestión incómoda:
¿Puede sostenerse un sistema público fuerte con una Atención Primaria débil?
¿Ineficiencia o modelo?
El debate de fondo no es únicamente técnico. Es político, organizativo y ético.
Surgen preguntas legítimas:
•¿Existe una infrafinanciación crónica de la Atención Primaria?
•¿Por qué el peso presupuestario sigue lejos del 25 % recomendado?
•¿Se están priorizando otros niveles asistenciales más visibles electoralmente?
•¿Se están evaluando realmente las consecuencias del cierre de agendas?
•¿Hay transparencia en los datos de accesibilidad y demoras?
Y, sobre todo:
¿Se puede hacer tan mal Moreno Bonilla o estamos ante una estrategia de deterioro progresivo?
Plantearlo no es alarmismo. Es responsabilidad.
El papel de los pacientes: de usuarios a protagonistas
En medio de esta crisis, hay un elemento que permanece sorprendentemente sólido: la confianza.
A pesar de todo, más del 85 % de los ciudadanos sigue confiando en los profesionales sanitarios.
Esa confianza es el mayor activo del sistema. Pero no es infinita. Y depende, en gran medida, de la experiencia del paciente.
Hoy, el modelo está cambiando. El paciente ya no es un receptor pasivo. Es —o debe ser— un agente activo del sistema sanitario:
•participa en decisiones clínicas
•gestiona su salud, especialmente en enfermedades crónicas
•evalúa la calidad de la atención
•contribuye a la sostenibilidad del sistema
La Atención Primaria es el lugar natural para este cambio.
Porque es donde la medicina se encuentra con la vida real.
Recuperar la esencia: accesibilidad, continuidad y comunidad
El riesgo actual es claro: que la Atención Primaria deje de ser un espacio de cuidado integral para convertirse en un sistema de gestión de demanda inmediata.
Si eso ocurre, perderemos:
•la prevención
•la educación para la salud
•el enfoque comunitario
•la continuidad asistencial
Y con ello, perderemos una de las mayores fortalezas del sistema sanitario público.
Tres preguntas urgentes (y una decisión pendiente)
El debate ya no puede aplazarse. Hay cuestiones que requieren respuesta inmediata:
1.¿Es aceptable que un paciente espere semanas para ser atendido en su centro de salud?
2.¿Se está rompiendo el principio de equidad en el acceso?
3.¿Qué modelo sanitario queremos sostener en el futuro?
Y una última cuestión, inevitable:
Si mañana hubiera capacidad de decisión, ¿qué tres medidas se aplicarían de forma inmediata para rescatar la Atención Primaria?
Conclusión: lo esencial no puede seguir esperando
La Atención Primaria no es un nivel menor
La atención primaria es el lugar donde se resuelve la mayor parte de los problemas de salud, donde se construye la confianza y donde se garantiza la equidad.
Debilitarla no es solo un error de gestión. Es poner en riesgo todo el sistema sanitario.
Porque cuando la Atención Primaria falla, lo que está en juego no es solo la organización del sistema.
Es algo mucho más profundo: es la capacidad de cuidar a las personas cuando más lo necesitan.


