Una jornada de teletrabajo. FOTO: Flickr Sporras
Una jornada de teletrabajo. FOTO: Flickr Sporras

Durante la pandemia los medios telemáticos han jugado un papel crucial y han permitido una serie de actividades y contactos sin los cuales el confinamiento hubiese sido mucho más duro y costoso, esto es indudable. Es más, la red ha mostrado una capacidad de carga que no era previsible antes de la pandemia. Por tanto para situaciones excepcionales el distanciamiento social eficiente que posibilita la digitalización ha mostrado su cara más amable y eficiente. ¿Implica esto que todo aquello que hacíamos cara a cara lo deberíamos hacer de forma telemática? ¿Es esa idea una ilusión tecnocrática?

Una de las ideas que han bendecido la sustitución del trabajo presencial por teletrabajo digital ha sido el cálculo del total de emisiones de gases de efecto invernadero que se ahorrarían al reducir los desplazamientos laborales presenciales. Intuitivamente la idea parece sencilla y clara, especialmente cuando se trata de desplazamientos aéreos a larga distancia. Por supuesto que la celebración virtual de una conferencia internacional es mucho más ecológica que un encuentro físico cara a cara. La ratio entre las horas de teletrabajo y las emisiones gana por goleada a la ratio convencional. El teletrabajo es mucho más eficiente que el trabajo presencial algunos estudios así lo sugieren.

Esto sería correcto si los límites del planeta se calcularan por medio de indicadores comparativos y no mediante indicadores métricos que establecen límites rígidos y absolutos más allá de los cuales los efectos son catastróficos. En las fronteras biofísicas el total es lo que cuenta. Estamos ante un problema en el que son mucho mas relevantes las magnitudes cardinales que las ordinales. Si lo miramos así tenemos que responder como aquella canción de Jarabe de Palo: depende.

¿Depende de qué? Del uso, organización, social que se haga del teletrabajo digital. Como indica este metaanálisis de dos investigadores de la universidad de Carleton; las cuentas no está tan claras y los ahorros podrían ser mínimos. Se trata del efecto rebote o paradoja de Jevon que descrita por el economista inglés Jeremy Jevons en el siglo XIX. Al mejorar la eficiencia local se abaratan los costes y se incrementa el consumo. De tal modo que aquello que se gana por la eficiencia se pierde por el abaratamiento y el consiguiente aumento del consumo. Es el caso de la persona con sobrepeso al que el dietista le aconseja sustituir las grasas de origen animal por grasas de origen vegetal pero incrementa tanto el volumen de la dieta, víctima de la ilusión del método, que al final engorda aún más. Esto ya ha ocurrido con otros aspectos de la digitalización que han abaratado tanto la edición que el consumo de papel no ha dejado de crecer después de internet y los PDF. Donde antes de la pandemia  hacíamos una reunión presencial ahora, como tiene un coste tan eximio, hacemos tres reuniones virtuales.

La ilusión del método es la creencia errónea de que vamos ha obtener un tipo de resultado independiente de la magnitud del peso de las variables. En el fondo se trata de un trasunto de la ilusión tecnocrática de que es posible sustituir por completo el capital natural por capital tecnológico, una forma especialmente grosera de idealismo. Ni el método , ni la tecnología podrán sustituir a los juicios reflexivos colectivos (en esto consiste en gran medida la democracia). El teletrabajo digital, como cualquier otra tecnología que incrementa la eficiencia técnica, solo podrán ser útiles para la imprescindible transición ecológica si están programados por principios de organización social reflexivos como el de la austeridad y no por el del beneficio o el simple crecimiento económico. De lo contrario acabaremos colapsando, como el gordo que creía que por comer solo vegetales no engordaría, víctimas de las ilusiones del método.

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