Un examen de oposiciones, en una imagen de archivo. FOTO: ELDIARIO.ES
Un examen de oposiciones, en una imagen de archivo. FOTO: ELDIARIO.ES

Camino lentamente, con el paso pausado y triste de un viejo elefante que se dirige a morir al cementerio. Atravieso el erial, observando con tristeza los huesos desgastados de los compañeros que llegaron antes. Aún no comprendo el sentido de mi ruta. Cuando el calvario acaba, cierro satisfecho la carpeta de mi examen y suspiro aliviado. Parece que por fin todo ha acabado. Después de tantas noches sin dormir, de varias semanas interminables, de contener los nervios, de cargar en las espaldas cientos de kilómetros, inseguridades y tensiones… La suerte ya está echada.

Recojo los materiales de la mesa y, con una sonrisa de triunfo, me dispongo a levantarme, para entregar mi examen. Es entonces cuando el presidente del tribunal entra en la sala con la cara tan blanca como un folio. La prueba práctica se ha anulado por errores insubsanables en el diseño del examen. En cierto modo era de esperar, dadas las trabas y errores que presentaba el triste cuadernillo, pero la ilusión suele siempre plantar cara al desencanto. No pude ver los rostros de mis cientos de compañeros andaluces, pero su desesperación me alcanzó de lejos como una bala. Nos la habían jugado.

No pude ver los rostros de mis cientos de compañeros andaluces, pero su desesperación me alcanzó de lejos como una bala"

Como profesor interino, me parece desastroso e inadmisible. No les bastó con romper en dos la prueba haciéndonos presentar el lunes, y perder un día de trabajo, sino que además nos hacen presentar, sin tiempo de reacción, el jueves de esta misma semana. A nadie pareció importarle que muchos opositores hubieran tenido que contratar hoteles, o desplazarse, con sus familias, desde cientos de kilómetros. Y por supuesto nadie reparó en que estaban destrozando, a nivel educativo, la semana del curso en la que todo se decide.

Nadie salió a pedir perdón. El responsable se escondió bajo una piedra, y dejó las castañas quemadas sobre las manos del tribunal. No, aún no conocemos al responsable del entuerto. Nadie ha intentado aclarar estas circunstancias tan irregulares. Como siempre, en estos casos, sufrimos el pecado sin conocer al pecador.

Lo que si conocemos, es la sensación de no acudir a las evaluaciones de nuestros alumnos, con los que llevamos un año conviviendo. Conocemos la tristeza de no haber podido despedirnos de esos niños a los que ya quizás no volveremos a ver nunca. El dolor de haberlos traicionado por, a pesar de su insistencia, no haber podido ir a su fiesta de fin de curso.

Conocemos la tristeza de no haber podido despedirnos de esos niños a los que ya quizás no volveremos a ver nunca"

Pequeños detalles que terminan por definir la verdadera educación de los hombres y mujeres del futuro y que, como ha quedado claro, a pesar de lo que digan sus palabras, parece no significar nada para las instituciones. Qué fácil debe ser poner la educación sobre un pedestal, desde un cómodo despacho, sin haber sentido nunca sobre los hombros el vacio infinito de una pizarra. Qué sencillo solicitar informes, programaciones, unidades, competencias, estándares, actas, memorias, evaluaciones… Mientras nos hacen caminar al filo del abismo. Exigir responsabilidad, integridad, justicia, sin compensar con estabilidad todo ese esfuerzo.

No he podido contar a mis alumnos lo mucho que he llorado de impotencia, cómo me he mordido los puños con rabia, planteándome soltar los lápices y dejarlo todo. He guardado silencio, como un torpe elefante moribundo, y en lugar de salir a luchar contra esta estafa, caminaré despacio, con la cabeza gacha, para volver a cruzar el cementerio. Pero que nadie se engañe, porque mientras la muerte no nos tumbe, los elefantes seguiremos usando los colmillos.

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