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“Era de Cádiz”. Y Cádiz no es menos. Cansa volver a explicarlo, repetirlo y argumentarlo.

Como si no bastara con las manos ásperas de las redes y el mar, con el Levante traicionero al doblar la esquina, con la flama de agosto y la humedad de invierno, esa que araña la cara y los huesos como quien tiene cuentas pendientes. Como si no bastara con tragar saliva, la cola del paro, Astilleros vacío y la fábrica cerrada a cal y canto. Como si no bastara con las facturas amontonadas sobre la mesilla del salón, con las cuentas estranguladas para llegar a fin de mes, con la voz ronca del vendedor de la playa y la esquina furtiva del pescador de caballas. 

“Era de Cádiz”, argumentó el empresario para justificar la agresión contra Teresa Rodríguez, parlamentaria andaluza, profesora y gaditana. Un ataque tan machista como clasista. “Era de Cádiz y no de Checoslovaquia”, tan ignorante, tan sumergido en su mundo y su ombligo, que desconoce que aquel país ya no existe, desapareció hace décadas. 

Era de Cádiz, “allí hacen chirigotas y se meten con el Rey”, como si el Rey viviese exento de críticas, como si los títulos hicieran a las personas. “Era de Cádiz y soy quien soy”, como único argumento hueco, con la mirada altiva desde una atalaya inexistente, con las viejas formas del señorito andaluz, que señala con el dedo mientras detiene su caballo.

Pasa el tiempo y no se enteran —ni quieren— mientras nos dibujan como: el gracioso de la clase, el bufón de la Corte o el borracho del bar. Pasa el tiempo y no hay viento que evite unos tópicos que pesan más que cualquier losa, que tres mil años de vida, que Alberti, Cienfuegos, Quiñones y La Libertaria, que el puente entre dos mundos, que la mismísima Pepa.

Pasa el tiempo y no sólo tenemos que arrastrar con nuestra cruz, también con los arrebatos de un empresario analfabeto, rancio y etílico, con esa pose de macho cabrío, con una estrechez de mira que limita a Cádiz con playa, sol y sal: culo de Europa, en vez de umbral de un continente. Tan corto, que aún cataloga el Carnaval como una expresión menor por el hecho de ser una fiesta popular. Incapaz de reconocer el talento, la poesía y la ironía que derrochan la tinta y las gargantas cada febrero. Unas rimas que nacen en las noches de otoño, ocultas en un local de ensayo, para luego expandirse y cruzar fronteras. Esas coplas, críticas, ácidas e irónicas habitan en las antípodas del ataque misógino que protagonizó.

“Era de Cádiz”. Y Cádiz no es menos. Cansa volver a explicarlo, repetirlo y argumentarlo. Cansado como los pies de la camarera, como la espalda de la limpiadora y los ojos de las niñas que van camino de la escuela. Quienes conforman la ciudad, gaditanas y gaditanos, que son como les da la gana. Y así se les respeta.

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