la-jungla-de-asfalto.jpg
la-jungla-de-asfalto.jpg

Mira que hay hombres en el mundo y ella debe saberlo mejor que ninguna de nosotras, pues fue a antojársele el mío.

Mi padre construyó una casa donde había una choza, ayudamos todas las hermanas, mi madre sólo parió hijas. Cuando cumplíamos los catorce, empezábamos a buscar dónde servir. Todas limpiamos pisos hasta que nos casamos y seguimos limpiándolos después. La única que se cansó pronto de la fregona y de los dedos con sabañones fue mi hermana Lola. La culpa la tuvo una amiga suya que la engrió, enseñándole los billetes a puñados, las alhajas y la ropa. A los dieciocho se fue a trabajar en un club de las afueras. No tardó en establecerse por su cuenta, vamos, que se tiró a la calle. Me dolían las noches de invierno pensándola en las aceras enseñando las carnes, ya me había acostumbrado a que fuera puta, pero ese frío que mataba en los telediarios a la gente, me hacía pasar las noches en vela.

Nunca la dejamos de lado y ella se acercaba también alguna vez, siempre que no intentáramos convencerla de cambiar de vida. El año que mi madre enfermó tuvimos que ir a hablarle, no podíamos dejar que abandonara este mundo con esa pena. Ella tenía corazón y lo comprendió. Así volvió a fregar como las demás y ya no lo dejó, ni aun cuando faltó la abuela. No volvió a faltarme nada, yo nunca había pedido más, ya tenía lo fundamental, mi piso, mi marido, dos críos y comida en la mesa. Me gustaba reunirme los domingos con mis hermanas a tomar café, Alicia hacía los bizcochos de naranja como nadie, contábamos cosas, nos reíamos, los maridos echaban sus cigarros y jugaban a las cartas. Los niños correteaban todos por el huerto de mi padre, los primos se estaban criando juntos y se querían aunque riñeran y se pegaran algún cachete como habíamos hecho nosotras de pequeñas.

¡Qué poco nos duró la unidad! Porque mira que hay hombres en el mundo y ella debe saberlo mejor que ninguna de nosotras, pues fue a antojársele el mío. No pude estar más ciega, lo que delante de mí eran bromas, detrás fue quedarse preñada. Ahora mi marido vive con mi hermana y yo vivo de alquiler con mis hijos, que son hermanos del suyo. Todos los días quiero odiarla, pero no puedo, creo que es el frío quien no me deja, quizás cuando llegue el verano.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído