El faro de Trafalgar, en una imagen de archivo.
El faro de Trafalgar, en una imagen de archivo.

Entre 5 y 7 años. Ese dato, a secas, queda del último cuerpo varado en la playa. A la edad de jugar, ir a la escuela y soñar que se convierte en futbolista.

La humanidad se ha vuelto tan contradictoria que al tiempo que se afana por reducir las distancias y abarcar el mundo, separa más los espacios con muros, vallas y concertinas. Antes del América primero (America first), se encontraba América. Una América sin nombre ni fronteras. Extensa y vasta, joven y nueva. Sin dividir el mapa en tres: Norte, Centro y Sur. Un continente. Sólo uno.

Antes del presidente que grita con odio eso de “América primero”, antes de quienes votaron con la intención de apropiarse de un territorio, ya se encontraban otros. America first, dicen presuntuosos, pero los indígenas segundos. A pesar de que los nativos pisaron antes la tierra que hoy dividen. A pesar de que ellos la cuidaron más que quienes ahora la contaminan.

“Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación. Es América Latina, la región de las venas abiertas”, sostuvo Galeano.

Y tan abiertas las venas que existen quienes cruzan el desierto de Arizona, abrasados al sol y congelados con la luna. Centenares de personas pierden la vida en el camino y como respuesta: otra frontera. Con la superioridad occidental de pensar que quien se juega la muerte en la travesía no lo hace por la más absoluta de las necesidades, sino para atentar contra los ciudadanos de bien e instaurar el desorden.

Recuerdo la noche que Musta, en su Senegal natal, narraba la vez que atravesó el océano en cayuco para llegar a España. Durante diez días con sus madrugadas oscuras navegó sin rumbo ni agua dulce. Con el crujido de la madera en los oídos en cada golpe de ola y los labios agrietados por la sed. Incapaz de entender cómo podía jugársela en un futuro incierto, le pregunté:

-Por qué lo hiciste.

-Qué otra cosa podía hacer, respondió sin inmutarse.

Qué otra cosa puede hacer la madre que con un hijo en el regazo cruza el Estrecho a la deriva de una patera. Qué otra cosa le queda al joven que aguarda en el Gurugú y deja retales de su piel en la alambrada. Qué otra cosa.

Entre 5 y 7 años. Ese dato, a secas, queda del último cuerpo varado en la playa. Entre 5 y 7 años, con todo lo que supone, con lo que conlleva esos 730 días de diferencia. A la edad de jugar, ir a la escuela y soñar que se convierte en futbolista. Entre 5 y 7 años. Se clavan los dos números en la pupila y la mente.

Ese niño, a esos padres, ¿qué otra cosa podían hacer? La respuesta se difumina en el aire. Sin embargo, el subdelegado que calló y la institución que ocultó el cadáver sí tuvieron más opciones que el silencio cómplice, rastrero y cobarde.

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