Arqueólogos en una imagen de archivo. E. ESCORIZA.
Arqueólogos en una imagen de archivo. E. ESCORIZA.

En medio de la celebración de una boda familiar encontré a Enrique Vallespi susurrándome al oído y en voz muy alta, como el susurraba, ya estaba muy sordo: “¡¡Paco, Paco¡¡ Los neandertales, los neandertales, ¡qué problema!, ¿no?”, con aquel acento de la franja aragonesa que siempre me  pareció entre solemne y socarrón. El susurro era tan notable que gran parte de los invitados rápidamente repararon en tan inoportuna preocupación. Las miradas de extrañeza no fueron raras entre la familia conocida y desconocida, porque en las bodas hay mucha familia desconocida siempre. Pero aquella insólita turbación en mitad de la promesa de seda de una boda, fue la puerta de entrada a una conversación que no olvidaré.

Aislados en medio del jolgorio por una campana de atención, por allí  pasaron: Bandarian, Bergson, la imposibilidad de destruir lo creado,  Theilhard de Chardin o el eslabón perdido. Decía Heidegger, al que Enrique me consta que estimaba por medio de Ortega, que pensar mas allá de los conceptos a través de conceptos era la fiesta del pensamiento; eso fue aquella tarde noche, una fiesta inesperada.

No puedo reseñar, por impericia y desconocimiento, la obra investigadora de Enrique Vallespi. Tampoco tuve la suerte de contarme entre sus alumnas y alumnos, aunque he hoy hablar mucho y bien de sus clases. Pero los muchos años que tuve el placer de conversar con él, lo celebré. Era un profesor, un científico al que le interesaban las cosas por las cosas mismas. En este sentido era lo contrario a un filisteo. Eso en que nos ha convertido el plan Bolonia. Me decía, con ese temblor solemne con que la verdad habla: “Paco, los derechos humanos son la culminación de la evolución del homo sapiens” y  esperaba respuesta. No la encontraba, por mi parte, solo admiración. Era un hombre que hacia hablar a las piedras y enseñaba a dialogar con ellas.

Días antes de su muerte, en julio, recordaba a Enrique cuando leía sobre la asombrosa proliferación de especies humanas, hasta siete, que han aparecido en los últimos años y meses. ¿Qué pensaría Enrique? Seis razas humanas que sobreviven en nuestro ADN. Quería haberlo comentado con él, pero no pudo ser. Esa “madre nuestra antigua”, lo llamó a capítulo. Tenía también pendiente otra charla sobre mis clases de filosofía de la ciencia en Arqueología, tampoco pudo ser. Enrique se ha ido con una enorme deuda de conversaciones pendientes. Murió sin haberlo dicho todo, como los grandes maestros.

Espero, aunque no confío, ahora (que grosero suena ahora este adverbio de tiempo ¿verdad?) este “cara a cara” con “aquel que eternamente conversa consigo mismo y su conversación nunca le fatiga” y en quién tan serenamente confiaba. Era un hombre bueno y generoso. Para él debería ser verdadera aquella fe que le serenaba.

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