Enfados

Quizá el verdadero significado del 8M que acabamos de vivir sea este: mientras hablar siga provocando enfados, seguirá siendo necesario hablar

Pancartas por la igualdad en la manifestación del 8M en Cádiz.

¿Cuánto cuesta que una mujer dé su opinión en público? No hablo del precio simbólico. Hablo del coste real. Del desgaste. De la presión. De las miradas que pesan más que las palabras. De los intentos de desacreditar antes de debatir. Del murmullo que se convierte en ataque cuando lo que dices no gusta a quienes sostienen o creen sostener las estructuras de poder.

Porque opinar no sale gratis. Y cuando quien opina es una mujer, el peaje suele ser más alto. ¿Qué ocurre cuando esa opinión incomoda? ¿Cuando no está al servicio de quién se supone que manda? ¿Cuando no responde a intereses? ¿Cuando no pide permiso?

Entonces llegan los enfados. En las estructuras de poder no siempre hay distinción de sexos. El poder tiene sus propias reglas y quien entra en él decide si las reproduce o las cuestiona. Normalmente las reproduce.

No todas las mujeres que ocupan espacios de influencia sostienen a las mujeres que alzan la voz desde fuera. A veces ocurre lo contrario: la crítica pública hecha por una mujer independiente molesta más que si la hiciera un hombre. Porque no se espera de nosotras que incomodemos. Se espera que acompañemos, que suavicemos, que no rompamos el equilibrio.

Y hay algo aún más incómodo: cuando una mujer decide proteger su posición antes que sus valores. Cuando agacha la cabeza ante el machismo estructural. Cuando el interés político, económico o personal pesa más que la coherencia. Lo hemos visto demasiadas veces: donde está el poder y el dinero, a veces los principios se diluyen. 

Por eso no se trata de ideologías. Se trata de valentía. Se trata de ser o no ser. Se trata del lado de la historia que como persona ocupas.

Acabamos de pasar el 8M. Hemos visto declaraciones, fotografías, gestos institucionales, discursos que hablan de igualdad. Pero el Día Internacional de la Mujer no es una fecha decorativa ni un ejercicio anual de corrección política. Es memoria. Es lucha. Es conciencia.

Y es que todavía hoy, cuando una mujer no se calla, hay quien se enfada. Todavía hoy, cuando señalamos una injusticia, cuando cuestionamos decisiones, cuando no aceptamos el papel que otros han diseñado para nosotras, incomodamos. Todavía hoy, la voz femenina autónoma genera resistencia.

Los enfados no son cosa del pasado. Cambian de forma, se vuelven más sutiles, más sofisticados, más envueltos en argumentos aparentemente técnicos o institucionales. Pero siguen ahí. A veces se disfrazan de “no es el momento”. A veces de “no exageres”. A veces de silencios calculados. Pero el mensaje de fondo es el mismo: mejor no molestes.

Y claro, eso para una activista feminista es complicado, ya que ser activista no es una etiqueta que se pone y se quita según convenga. No es una estrategia ni una moda. Es una convicción profunda. Es una forma de estar en el mundo. Es saber que lo que defendemos no lo hacemos en nombre propio.

Que cuando avanzamos, avanzamos todas. Que cuando logramos algo, no es un triunfo individual: es un derecho que se amplía para todas las mujeres. Y eso ocurre con muy poca frecuencia en la historia como para permitirnos el lujo de rebajar la voz por miedo al enfado ajeno.

Porque el problema no es la discrepancia. La democracia necesita crítica. Lo que incomoda no es la opinión: es la autonomía. Es que no pidamos permiso. Es que no estemos al servicio de nadie. Escribir siendo mujer sigue teniendo consecuencias. Tener voz propia sigue teniendo consecuencias. No plegarse tiene consecuencias.

Pero callar también las tiene. Y quizá el verdadero significado del 8M que acabamos de vivir sea este: mientras hablar siga provocando enfados, seguirá siendo necesario hablar. La voz propia no se concede. Se ejerce.