El líder de Cs, Albert Rivera, en una imagen de archivo. FOTO: CIUDADANOS.
El líder de Cs, Albert Rivera, en una imagen de archivo. FOTO: CIUDADANOS.

Corría el año 1570 cuando un joven francés, de nombre Geoffroy Vallée, escribió un librito titulado De arte nihil credendi o El arte de no creer en nada. Se trata de una obra pequeña, de estructura desordenada y estilo un tanto pueril; cosa lógica teniendo en cuenta que el autor contaba entonces con apenas veinte añitos. Podría parecer que al gabacho le quedaba todavía mucho tiempo por delante, aunque la esperanza de vida en el siglo XVI tampoco era ninguna maravilla.

Sin embargo, tan solo cuatro años después de la publicación del libro, Vallée abandonó para siempre este mundo. El Parlamento de París lo condenó a morir en la horca por blasfemo. Podemos intuir, sin temor a equivocarnos, que su obra literaria tuvo bastante que ver con su trágico final. El escritor en cuestión, recién salido de la adolescencia, había tenido una formación fuertemente influida por los debates de los círculos libertinos de la época y se había ganado a pulso el asedio de la Iglesia por la agudeza de sus ideas. Muchas de ellas reposaron para siempre en las pocas páginas de su nihil credendi.

Esta obra —polémica donde las haya en su momento— plantea una evaluación de los grados de ignorancia que posee el ser humano en proporción a su fe en Dios. Vallée no creía, eso está claro. En pleno Renacimiento, el descreimiento se castigaba con la muerte. Hoy es un mal bastante más endémico, de esos que matan en vida. No tener nada en lo que creer o no encontrar en nada la suficiente fuerza para depositar la confianza es triste pero cotidiano. Estos días nos estamos empapando de incredulidad, ya que es bien sabido que en campaña las mentiras comienzan a brotar por los rincones y se multiplican por los altavoces mediáticos. 

Existen muchos tipos de incredulidad. Está la incredulidad puntual, que es esa que acecha con aquellos políticos que nos despiertan simpatías pero que en alguna ocasión sacan los pies del tiesto y nos hacen dudar. También asistimos a la incredulidad ojiplática, esa que nos deja los ojos como platos y la boca tan abierta ante las promesas electorales capaces de sonrojar al más pintado.

Mi favorita es la incredulidad por decreto, que es la que se manifiesta hacia aquellos a quienes nunca jamás hemos visto decir una verdad. Ejemplo práctico: Rivera y sus “yo nunca”. Ahora resulta que, en plena campaña, el líder ciudadano asegura que ni Sánchez ni el PSOE tendrán nunca su apoyo tras los resultados electorales. Rivera es de esos especímenes que hacen brotar el escepticismo perpetuo hasta en los mejillones tigre. Y es que a quien se escucha decir una cosa, su contraria y las dos a la vez en la misma comparecencia de prensa no puede sino despertar alguna que otra grietecilla en la confianza política. Eso es un hecho. Y hasta los ciudadanos lo saben.

Geoffroy Vallée, como nació hace más de cuatro siglos y en un barrio de Orléans, nunca se topó con los políticos españoles; pero a pesar de eso escribió que no creía en nada y hasta detectó cierto arte místico en ello. Si viviera en nuestros días y hubiera nacido en Móstoles, nadie lo mataría por sus palabras pero habría redactado ya varios y gruesos volúmenes. 

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