En boca cerrada

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Óscar Carrera

Estudió filosofía y estética en las universidades de Sevilla, París y Leiden. Autor de 'El dios sin nombre: símbolos y leyendas del Camino de Santiago' (2018), 'El Palmar de Troya: historia del cisma español' (2019), 'Mitología humana' (2019) y la novela 'Los ecos de la luz' (2020). [email protected]

Fragmento de One: Number 31, de Jackson Pollock (1950).
Fragmento de One: Number 31, de Jackson Pollock (1950).

Cruzaba el Estrecho y un polizón viajaba escondido en mi equipaje. Un polizón potencialmente dañino, aunque no tanto como los que los traficantes introducen en las maletas de los guiris despistados a decir de las malas lenguas. Se trataba de una abeja agazapada en el fondo pringoso de una caja de dulces morunos, que descubrí al día siguiente. En Marruecos las creadoras de la miel suelen campar a sus anchas, rechonchas y orgullosas, por los puestos donde se comercia el principal derivado de sus babas.

Al principio, con su diseño listado, aquello parecía un dulce entre otros... pero se movía. Era un ser vivo. Un ser que ahora (espero) campa a sus anchas por la extraña Europa. Pero no era un ser humano. Si hubiera sido un ser humano, y hubiese sido identificado como tal, ya estaría de vuelta en Marruecos. No tendría derecho a estar en esta parte del mundo, pero como es una abeja sí lo tiene. A esto hemos llegado tras cien mil años y pico de evolución como especie.

Hace unos años veía habitualmente un escaparate vacío y polvoriento, con su cartel de SE ALQUILA. Junto al cristal había, en el interior, una verdadera morgue de moscas caídas. Me pareció apreciar que su número aumentaba con el tiempo. Pensé escribir a rotulador, en letras diminutas, Utopía, La Frontera o Balance del siglo, pero zanjé que la escena se bastaba a sí misma. Nadie se iba a fijar, de todos modos.

En esta etapa de la historia y la tecnología, somos como la mosca. Tenemos entre tres y seis millares de ojos que nos permiten captar simultáneamente y a la velocidad del rayo todas las direcciones del espacio, y sin embargo no percibimos el cristal contra el que nos estrellamos una y otra vez.

Eso sí, podemos apreciar mil y un matices del marrón.

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