Elecciones

El problema de las izquierdas no es su diversidad sino sus peleas internas que ofrecen a la sociedad una imagen desmovilizadora y desmotivadora

Un colegio electoral, en unas pasadas elecciones.
Un colegio electoral, en unas pasadas elecciones. MANU GARCÍA

Moreno Bonilla vuelve, hasta el aburrimiento, con las elecciones, como si gobernar no fuera hacer que funcionen las cosas: parece que gobernar sea que les funcionen, a ellos, los resultados las elecciones. El chiringuito de las derechas.

De las elecciones andaluzas cabe temer los resultados, como hemos visto en Francia: las izquierdas se quedan fuera, a pesar de unos muy buenos resultados; las derechas ganan y la ciudadanía se ve ante el problema de tener que quemarse en la sartén o caer en las brasas.

Ahora volverá, en Andalucía y en toda España, el viejo soniquete de la unidad de la izquierda y el puritanismo ortodoxo de las izquierdas. Aunque el problema mayor es la improvisación. Llevamos años con una situación muy parecida a la actual y las izquierdas andaluzas, más allá de buscar una unidad para alcanzar una mayoría parlamentaria olvidan que con sus rencillas y sus-purezas-de-cristianos-viejos desmovilizan y desmotivan a løs ciudadanøs, además de seguir alimentando una cultura política que no es otra cosa que el sabotaje contra la izquierda misma. Habrá, lamentablemente, votantes que decidan acomodar su voto hacia las derechas blandas, en un proceso que termina en las derechas duras, porque las izquierdas ofrecen una idea imposible de la política. Las izquierdas, parecería, no han asumido la idea de que las transformaciones sociales son lentas, algo que las derechas saben y por eso van todas casi juntas, no solo a las elecciones sino a la sociedad con sus mensajes.

Mientras todo esto ocurre, hay una Andalucía que no llega ni a mediados de mes, y una Andalucía de izquierdas que haría posible ganar las próximas elecciones y formar un gobierno de coalición. El problema de las izquierdas no es su diversidad sino sus peleas internas que ofrecen a la sociedad una imagen desmovilizadora y desmotivadora. Así es imposible ampliar el cuerpo electoral de las izquierdas para ganar la Junta o ganar un mayor prestigio social en el conjunto de la sociedad.

Además, lo ocurrido con el espionaje ilegal a los catalanes y a los vascos, que a saber cuántos andaluces habrán sido espiados también, sitúa al PSOE en una situación complicada de nuevo y una parte de la sociedad vuelve a convencerse de que lo mismo da PSOE que PP. Es posible que muchas personas no sepan que Pegaso, el caballo volador, nació de la cabeza de la hidra cuando se la cortaron, pero la idea de que el sistema ilegal de espionaje Pegaso es algo terrible la tiene mucha gente. Lo curioso que haya personas a las que lo terrible les parezca normal. Para esto necesitamos, también para esto, unas izquierdas que defiendan la democracia con prestigio, porque el prestigio de la democracia está por los suelos.

Si la democracia no ha servido a los trabajadores para que no empeore su situación económica y social, más bien todo lo contrario, los trabajadores buscan otras opciones. Este es el problema que el PSOE no ha comprendido todavía y sigue practicando el neoliberalismo y el autoritarismo, y el resto de las izquierdas no termina de comprender que el prestigio se gana desde los ayuntamientos, en primer lugar, y con proposiciones, en segundo lugar. Pero en tercer lugar, el prestigio se gana alejándose de las ortodoxias y los puritanismos, lo que no significa desideologizarse. Curiosamente, las derechas están hoy mucho más ideologizadas que hace unos años, y nunca estuvieron desideologizadas. El prestigio se gana con conversaciones y acuerdos, uniéndose en lo relevante, estableciendo programas de acción conjunta y alejándose de las rencillas personales o de los egos excesivos.

Lo ocurrido con el sistema de espionaje ilegal Pegaso muestra una democracia moribunda. El Gobierno de coalición en Castilla y León puede ser el primer paso la preparación del entierro.

 

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