Malos tiempos corren. El imperio está en manos de un demente y todos le ríen las gracias con cara de bobalicones. Doce planetas harían falta para que todos los habitantes de la Tierra alcanzaran el nivel de vida de los americanos ricos, los del norte, digo, que la otra América no cuenta, sólo es el patio trasero de los señoritos. Pero eso, globalizar el selecto bienestar americano, no va a ocurrir por muchas razones. La primera de ellas es que no tenemos doce planetas para depredar. Sólo tenemos uno, muy mal parado, por cierto, y con un clima que se nos hace inhóspito. Pero la razón inicial es que para que los ciudadanos de esa Gran Nación sigan despilfarrando los recursos del planeta es indispensable mantener en la miseria a amplísimas zonas del mundo. Detrás de cada hombre rico hay cien mil miserables que mantienen los privilegios del primero. ¿Alguien piensa a estas alturas de la película que las cosas son de otro modo? Pero el capitalismo no ha fracasado por llegar a esta situación injusta, el capitalismo ES ESTO.

No nos engañemos, ya no existen las naciones como las entendíamos, ahora gobiernan poderes financieros que no reconocen naciones, patrias o tribus. Son intereses entrelazados en inmensas redes planetarias que se difunden a través de democracias formales, dictaduras o tiranías, les da exactamente igual la estética que tomen los gobiernos. Y son estas franquicias políticas las que diseñan y ejecutan las políticas que perpetúan los privilegios de los que ya son inmensamente ricos (supresión de regulaciones, reducción del gasto social, privatización de lo público, reducción de salarios y derechos laborales…). Y salen reforzados de cada crisis, una y otra vez, porque nos han extirpado la capacidad crítica que podría sublevar a la gente contra ellos. Han monopolizado el pensamiento económico, laboral, social y político hasta hacernos creer que no existe alternativa a sus propuestas neoliberales… y cuando aparece un atisbo de rebelión contra ese pensamiento único, lo cubren de desprestigio y ridículo hasta su extinción. Pueden hacerlo y lo hacen con facilidad. Disponen de todos los recursos de difusión, persuasión y disuasión para imponer el mensaje único. Ya no es preciso matar a Salvador Allende, ahora hacen que nos riamos de Nicolás Maduro hasta convertirlo en una pantomima de sí mismo.

Les importa un bledo qué pueda pasar con las personas. Cuando el nuevo Duce, pobre caricatura de sí mismo, dice "América, First" (la del norte, insisto) está diciendo una gilipollez. Porque lo primero no es América, lo primero es el beneficio privado de las corporaciones financieras, las que se benefician de las guerras que diseña el Imperio —con su venia, por supuesto—, vendiendo armas a unos y otros; las que se enriquecen con las hambrunas provocadas por carestías forzadas de alimentos básicos; no les importa que las sequías maten o que la miseria humana se cronifique en el planeta. El único leitmotiv de estos criminales es conseguir el máximo beneficio privado. La libertad de los mercados, como dinámica de relaciones mundiales, mata a la gente y es incompatible con la libertad real de las personas. Tal cosa nos lleva a un darwinismo social que extingue los derechos humanos y nos hace competir, entre nosotros mismos, por un trabajo humillante que reporta un salario miserable. Y este sistema de creencias es el valor fundamental que han globalizado…

…podríamos haber globalizado los Derechos Humanos. Sí, pero lamentablemente, tal cosa no proporciona suficientes beneficios. Y esta gente no entiende otra cosa.

¿Para cuándo otra revolución… aunque sea de valores?

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