Carcunda nacional.
Carcunda nacional.

En este país inconcluso que es España, la derecha política que sufrimos es heredera directa del fascismo del siglo XX. Me refiero a esa ideología criminal e inaceptable, que dio cobertura política al general Franco y fue el brazo ejecutor de muchos de sus crímenes… crímenes de lesa humanidad que, por cierto, permanecen impunes. La derecha española del siglo XXI se forma y se desarrolla a partir de la hez oscura del franquismo. Es un concepto político que pretende monopolizar el poder porque en su ADN permanece la pulsión de partido único inherente a los fascismos. Esa derecha considera que el poder le pertenece por derecho divino y no concibe que, por esa zarandaja de democracia, caiga en manos de la izquierda… porque para eso se ganan no solo las guerras sino las transiciones modélicas que se estudian en todas las universidades del mundo. Se ganan —las guerras y las transiciones, digo— para conquistar el derecho a permanecer en el poder y ejercerlo a mayor gloria de los suyos, con votos o sin votos. ¡Se sienten, coño!

Sí… Estoy convencido de que en España nos hace falta —y necesitamos urgentemente— una derecha que sustituya al esperpento que tenemos. Sus votantes se lo merecen. Sería una derecha moderna, despojada de pasado, empática con el pueblo más necesitado, respetable por necesaria, respetuosa y honorable con los adversarios —que no enemigos—, incluida la izquierda… especialmente la izquierda. Porque la derecha que tenemos es una derecha insensible y bronca, irrespetuosa con el rival, de insulto grosero, de juego sucio, esencialmente corrupta y mentirosa… ¡que la detengan! Y, sobre todo eso, es una opción filofascista que no ha sido capaz de condenar abiertamente el régimen franquista. La ausencia de una derecha civilizada es un desastre para nuestra frágil democracia.

No me lo han contado. No lo he oído en las tertulias. No lo he leído en sesudos libros. Lo he visto, lo he vivido, lo he aprendido por mí mismo…

Por ejemplo, en San Fernando, durante la II República (y con más intensidad a partir de las elecciones del 16 de febrero de 1936), para las personas de orden y recta moral —que así se señalaban ellos mismos— era inconcebible lo que estaba pasando. Y pasaba que, de la noche a la mañana, el origen de la autoridad ya no estaba en Dios [Carta de Pablo a los romanos, 13], sino que venía del pueblo. Sí, sí, la autoridad se originaba en esa chusma vociferante y altanera. Ese pueblo ordinario, analfabeto y miserable era el que entregaba el poder no a ellos, sino a la gente equivocada… ¡Eso cómo era posible! ¡Cómo se iba a permitir!

Para las personas de orden y recta moral de San Fernando —y supongo que en toda España pasaba igual— era inconcebible que los concejales que comenzaron a regir su ayuntamiento fueran ahora los empleados de las industrias en lugar de los dueños de las industrias. O fuesen trabajadores de las salinas en lugar de los amos de las salinas. O simples escribientes del Arsenal de la Carraca en lugar del capitán de navío retirado o del coronel de Infantería de Marina en la reserva… La democracia que vino con la República suponía una auténtica subversión de usos y costumbres. No era concebible que esta chusma izquierdista gobernase y se atreviese, por ejemplo, a implementar normas contrarias a costumbres religiosas profundamente arraigadas en la tradición. ¡El alcalde hasta se atrevió a ordenar a los párrocos que le pidiesen permiso antes hablar en misa desde los púlpitos! ¡Pero eso qué coño era! Las personas de orden y recta moral no entendían qué cosa era la laicidad del Estado ni la voluntad popular. Los tiempos del señor marqués estaban extinguiéndose, y los del señor cura también, y los del señor almirante de largos y compuestos apellidos…

Hoy pasa lo mismo: el pueblo ha entregado el poder no a ellos, sino a la gente equivocada y no saben qué hacer fuera del gobierno. Nunca lo han sabido, por eso parecen elefantes en una cacharrería para deshonra de todos los españoles. Han convertido el parlamento en un espectáculo vergonzoso y no porque todos los políticos sean iguales, que no lo son. Para la derecha que hoy campea en España —al igual que la de hace ochenta años— el poder pertenece inevitablemente a la carcunda nacional, como Dios manda. Es decir, a los que tienen una actitud retrógrada en lo político, insensible en lo social, sumisa en lo religioso y egocéntrica en lo personal. Y si las urnas dicen lo contrario, entonces las urnas fallan y el pueblo se equivoca. A esta derecha que sufrimos hoy le faltan los genes necesarios para respetar la voluntad de la gente y aceptar que a veces se gobierna y a veces se hace oposición… y cuando toca oposición hay que saber estar y aplicar responsabilidad, decencia y elegancia a la cosa. Pero ya vemos que no se ha hecho la miel para la boca del asno. Pues eso…

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