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A veces el cuerpo te pide una tontería. Bien lo sabían los payasos de la tele, la madre de Forrest Gump o Ana Obregón. Pero hay formas y formas de proceder en esto de la tontuna. Algunos fueron capaces de hacer de ello un arte, como los Gabi, Fofó y Miliki; otros llegaron a tal conocimiento de la estupidez humana que sabían distinguirla a la perfección de la dulce ingenuidad, como la señora Gump; y otros, pues, otros son Ana Obregón.

Esta semana, la actriz, bióloga, presentadora, guionista, directora, escritora y ante todo librepensadora se despachaba a gusto en una entrevista a propósito del escándalo de acoso sexual destapado en el mundo del cine. Ana, que sabe tanto y nos obsequia en demasía con ello, vino a decir que si había directores y productores empeñados en repasar algo más que el guión con sus actrices, era porque algunas se habían dejado. La estulticia puede habitar incluso en las mentes de los más polifacéticos. No está reñido lo uno con lo otro. Hay que ser cortante −nos dice Anita− y no dejar que el señor en cuestión se piense que todo el monte es orégano: si esto pasa es porque alguna predecesora entró por el aro. Bajo el mismo principio podríamos concluir que la violación es culpa de la primera mujer que se bajó las bragas. O de la que llevaba la lengua muy larga y la falda muy corta, de esas que pueblan las canciones de Sabina. Vamos a contar todos alguna idiotez, a ver si nos llaman para ir de tertulianos o nos ofrecen un programa. La necedad es patrimonio universal. En ocasiones dan ganas de rebelarse, de gritar al mundo para bramar contra tanto inepto con ínfulas que, más que opinar, debería entonar la célebre sentencia socrática. Menos mal que a veces es el propio “todopinador”, el que de todo sabe y de nada entiende, el que se revela al mundo como tal. Y en el ejercicio de su exhibición, demuestra su bobería. El “tontopinador” podríamos llamarlo.

Cuando no paran de salir casos de supuestas víctimas de acoso sexual en el ámbito cinematográfico, televisivo y teatral, afloran también los planteamientos de quienes, como la Obregón, se sienten por encima del Bien y del Mal. Me imagino que ellos deben habitar una especie de superficie etérea situada justo en lo alto de la diatriba moral, la cual les permite observar a los pobres mortales y sus chabacanas miserias. La morada elevada de estos seres especiales debe asimilarse al set de grabación de un anuncio de lejía. Ya saben, esos escenarios donde reina el blanco y lo minimalista y hay especímenes que vienen del futuro para sacar la mugre del vaquero y quitar los restos de vino del ahora inmaculado mantel. Yo me los imagino allí, entre sábanas impolutas y mobiliario de diseño. Desde un suelo de cristal contemplan todo lo que sucede aquí abajo y lo juzgan. Han nacido para ello. Cada poco tiempo son llamados a declarar para que su sabiduría fluya entre nosotros. Así es como los que no somos tan especiales aprendemos un poco más de la vida. Tonto es el que dice tonterías. Gracias, Mrs. Gump.

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