Hay tiempo en singular y tiempos en plural, como estos tiempos presentes, tiempos de censura y, peor, de autocensura, en los que sólo podemos hablar del tiempo, por la imposibilidad de decir lo que se piensa, lo que se cree, lo que se sabe.
El tiempo es muchas cosas. Primeramente, es unidad de medida, un período, una estación, un momento, del latín tempus, procedente del verbo protoindoeuropeo da, que significa dividir. Se trata de una unidad muy difícil de diferenciar, a pesar de que dispongamos de instrumentos precisos. Pues podemos dar tiempo al tiempo y también dar un tiempo por perdido o por ganado. Tan pronto no tenemos tiempo como tenemos tiempo para todo, para llorar y para reír, para lamentarnos y para bailar, como dice el Eclesiastés. Este tiempo tiene que ver con la verdad, esa que acaba revelando que el tiempo no tiene final ni principio.
Por otra parte, el tiempo es un estado pasajero de cosas, concretamente un estado de la atmósfera determinado por las condiciones meteorológicas cambiantes en cada momento y en cada lugar. Este tiempo, unas veces bueno, otras veces malo, es el tema de conversación favorito cuando es preciso resolver una situación incómoda, en un ascensor o en la barra del bar. Y también, pero a escala masiva, es este mismo tiempo socorrido el que, convertido en temporal (hoy de lluvia y de viento, ayer de otra cosa) ocupa titulares en los diarios y al que los informativos radiotelevisados destinan más tiempo cuanto más evidentes son los problemas sociales en un determinado momento y lugar.
En fin, hay tiempo en singular y tiempos en plural, como estos tiempos presentes, tiempos de censura y, peor, de autocensura, en los que sólo podemos hablar del tiempo, por la imposibilidad de decir lo que se piensa, lo que se cree, lo que se sabe, a pesar de las facilidades que nos ofrecen las nuevas tecnologías de la comunicación.
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