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La prueba de que los pueblos de España constituimos una gran familia es lo bien que hablamos mal unos de otros, la naturalidad con que nos echamos en cara nuestros defectos resumidos en tópicos, que algo tendrán de verdad cuando concitan general acuerdo y resisten el paso de las generaciones. Así, para los demás españoles los andaluces somos vagos, como los vascos son brutos, los aragoneses cabezotas o los catalanes tacaños... Hasta a los murcianos se les tilda de ser nada menos que de Murcia, y no por eso se cabrean. Y es que en general todos solemos llevar con deportividad nuestros sambenitos regionales, aunque nos parezcan injustos o exagerados.

No son las puyas entre hermanos, que al fin y al cabo son la sal de las reuniones familiares, lo que rompe una familia. Lo que de verdad envenena y fractura la vida familiar -y también la de los pueblos de una misma nación-, lo que acaba quebrando los lazos afectivos es que alguno de sus miembros pase de las indirectas a los reproches directos, amargos y continuados, a la lista de agravios, culpando a los demás de sus propias limitaciones o fracasos. O que abducidos por la familia política -la culpa siempre la tendrán las cuñadas y cuñados-, o tentados por la posibilidad de liberarse de las cargas familiares -el separatismo afecta sobre todo a los pueblos más ricos-, dejen de asistir a los encuentros con su familia natural y, finalmente, renieguen de ella, como si se avergonzaran de compartir con sus hermanos una misma sangre e historia, un origen común. Lo que además puede provocar en los demás miembros de la familia -es lo que persiguen- una reacción simétrica de rechazo hacia el elemento rebelde, complicando las cosas y dificultando aún más la posibilidad de un reencuentro.

Pero además de los lazos de sangre, que permanecen para siempre aunque se reniegue de ellos o se falsifique la historia, o los puramente afectivos -que estos sí pueden quebrarse y desaparecer-, a las familias, como a los pueblos, también los unen intereses económicos. Y mientras estos permanezcan siempre habrá roce y dependencia, y por tanto la posibilidad de recomponer los lazos afectivos por muy deteriorados que se encuentren. Por eso si queremos el retorno a la familia de nuestros hermanos catalanes que hoy reniegan de España -que aún son minoría, aunque muy activa y organizada-, nada más contraindicado que romper los vínculos económicos que aún nos unen con ellos. Vínculos que hacen que la economía de Cataluña -que afecta a todos los catalanes, no solo a los separatistas- siga dependiendo en gran parte del resto de España. No acabemos con esa dependencia (que es lo contrario de independencia). No rompamos este último lazo, pues en ese caso ya no tendrían nada que perder y solo estaríamos alentando y facilitando su ruptura definitiva.

Por eso, en defensa de la unidad de España, yo seguiré comprando productos catalanes.

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