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Tras el descubrimiento y la conquista de América, los españoles y portugueses no se conformaron con apropiarse de aquellas tierras y explotar sus riquezas para beneficio propio y de las respectivas metrópolis, sino que impusieron también su cultura y valores, con tanto éxito que el idioma español, y también el portugués, desplazaron a las lenguas indígenas -hoy muchas de ellas desaparecidas o en trance de extinción-, y la religión católica acabó con el culto a las antiguas deidades precolombinas. Se suele justificar dicho proceso de aculturación forzosa -llamémosle así- alegando la superioridad de la cultura hispana -heredera de la cultura clásica greco-latina-, y de la religión católica, considerada por los hispanos de entonces como única religión verdadera.

La cristianización de aquellos pueblos supuso, además, la prohibición de rituales en los que los indígenas ofrecían sacrificios humanos, y también del canibalismo y de otras prácticas  consideradas abominables y que escandalizaban las conciencias de los europeos de entonces. En definitiva, los españoles y portugueses de aquel tiempo les impusieron a los indios americanos su cultura y sus valores sin escrúpulo de conciencia alguno, porque los creían superiores y beneficiosos para aquellos pueblos considerados incultos y salvajes, condenados al fuego eterno del infierno hasta la llegada redentora de los europeos. Algo parecido sucedió durante el siglo XIX en África y en Asia, cuando las nuevas potencias europeas -fundamentalmente Inglaterra y Francia- crearon enormes imperios coloniales con clara finalidad económica y política, pero también con la intención de imponer la cultura, la religión y los modos de vida occidentales, considerados superiores.

No me quise perder el pasado domingo el programa televisivo de Jordi Évole -Salvados-, en el que el conspicuo periodista entrevistó al alcalde de Cádiz -el Kichi-, a quien puso a cabalgar sobre sus propias contradicciones (expresión esta muy de moda en el ámbito podemita, como otras tantas que tienen su origen en Pablo. A secas, sí).  Se refería a la contradicción que supone para un “pacifista de izquierda y anticapitalista” (como se autoproclamó el propio Kichi), estar sin embargo a favor de construir barcos de guerra -siempre que se construyan en Cádiz- para vendérselos a un país como Arabia Saudí, donde no hay democracia ni se respetan los más elementales Derechos Humanos, y donde tales barcos de guerra no se van a usar como embarcaciones de recreo para pasear a los turistas por el mar Rojo o por el golfo Pérsico, ni para pescar, sino que se van a utilizar nada menos que para hacer la guerra -¿habrase visto?-, concretamente para la sangrienta guerra que Arabia mantiene actualmente con la República de Yemen. Aunque a lo mejor para cuando se entreguen los barcos dicha guerra ya habrá terminado, como dijo alguien en el programa no sé si aludiendo de forma sibilina a la supuesta indolencia de los obreros gaditanos.

El axioma de base del que partió Jordi Évole en su programa -axioma compartido hoy por toda la izquierda española y también por la derecha-, es que no se puede ni se debe hacer negocios con países que no sean democráticos y en los que no se respetan los más elementales Derechos Humanos -el caso de Arabia, para la izquierda, y el de Cuba o Venezuela para la derecha-, ya que hacer negocios con ellos supone de alguna forma alimentarlos, contribuir a su financiación y prosperidad. Según este principio damos por sentado que la democracia y los Derechos Humanos, que son creaciones de Occidente, tienen que acabar imponiéndose en todo el mundo, como partes de una política y de una ética universales. Cualquier país con otro sistema político que no sea democrático, o con cualquier otro sistema de valores que no respete los derechos que nosotros creemos indiscutibles -como, por ejemplo, la igualdad entre hombres y mujeres, o el derecho a vivir libremente tus inclinaciones sexuales, etc.- debe ser, si no combatido, por lo menos excluido del comercio internacional, sobre todo del comercio de armas, contribuyendo así a su asfixia económica, indefensión y ruina.

Me pregunto si al pretender que nuestro sistema político -la democracia- y nuestros valores -resumidos en los Derechos Humanos- acaben imponiéndose en el resto del mundo, incluso en países que no tuvieron Renacimiento ni Ilustración, y a los que su Historia lleva por otros derroteros, no estamos actuando con la misma superioridad moral y el mismo etnocentrismo del que se acusa a los españoles que protagonizaron la conquista de América, y a los demás pueblos europeos cuando construyeron sus imperios coloniales. En aquellos casos también ellos, como nosotros ahora con nuestra democracia y nuestros Derechos Humanos, actuaron convencidos de que su cultura y sus valores eran superiores y universales. ¿Lo eran entonces? ¿Lo son ahora?

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