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Una certeza a la que he llegado en el otoño de mi vida es que las personas somos realmente quienes parecemos ser. O sea, que como dice el refrán la cara es el espejo del alma. Otra cosa es que muchas veces no interpretemos bien lo que vemos, aunque doy fe de que con los años se va ganando destreza en el mirar. También sucede que a veces uno se autoengaña, con la esperanza de que tal o cual persona, en cuya expresión notamos algo inquietante o desagradable, no sea realmente quien parece ser. Pero al final, como suele decirse, acaba siempre cantando la gallina. Cuando Donald Trump salió elegido presidente de los Estados Unidos muchos nos horrorizamos, aunque abrigábamos la secreta esperanza —al menos yo— de que finalmente aquel hombre llamado a regir los destinos del mundo no fuera el loco narcisista e ignorante que parecía. Pero el tiempo y los acontecimientos creo que vienen finalmente a confirmar la lucidez de aquella primera impresión. No hacía falta ser un lince, desde luego.

Se me vienen estas reflexiones a la cabeza a raíz de ver en la prensa la imagen del tal Rodrigo Lanza, presunto asesino de Víctor Láinez, un ciudadano que tuvo el atrevimiento de salir a la calle con unos tirantes con los colores de la bandera constitucional de España. Y digo atrevimiento porque en España, por paradójico que parezca allende nuestras fronteras, lo transgresor es sacar a la calle la bandera constitucional, mientras que la estelada separatista o la tricolor republicana resultan guays, y gozan del beneplácito del progre bobalicón. Es uno de los logros fatuos de la izquierda nominal.

De Rodrigo Lanza, el presunto asesino, me llama la atención su estudiado aspecto de antisistema violento y cargado de odio, al que no le falta ningún detalle. Como si de esta manera quisiera dejar bien claro su condición de izquierdista radical, al otro extremo de su abuelo el almirante Huidobro, estrecho colaborador del dictador Augusto Pinochet. Por tanto se trata de un chico de buena familia —con buena situación económica, quiero decir— que tal vez trata de hacerse perdonar el pecado original que supone en una sociedad democrática tener un abuelo fascista, como si a los antepasados pudiéramos elegirlos. Aunque está claro que esta circunstancia por sí sola no explica, ni mucho menos justifica, su instinto asesino, si es que los hechos que se le imputan son ciertos, como así parece. En este sentido -y solo en este sentido, quiero dejarlo bien claro- me recuerda al otro Rufián —este con mayúscula—, que en los ambientes separatistas de Cataluña pretende ser el más separatista de todos, tal vez en su empeño de hacerse perdonar ante el catalán considerado fetén su origen andaluz, o sea, su condición de charnego.

Todos nacemos con algún pecado original, como buenos hijos de Eva. Quiero decir que todos venimos al mundo con tachas personales o situaciones familiares que pueden determinar nuestro devenir en la vida. Conocernos a nosotros mismos, aceptar y asumir quiénes somos resulta fundamental para conseguir un desarrollo armónico que, como todo lo que hacemos y somos, se irá reflejando de alguna manera en nuestro rostro. Si en lugar de ello nos empeñamos en negar lo que somos, o acomplejados por presiones externas tratamos de negarlo, ocultarlo, o disimularlo mediante imposturas, al final nuestra expresión, nuestro rostro —el espejo del alma— acaba siendo no ya una mala fotografía de nosotros mismos, sino el negativo de nuestra más grotesca caricatura.

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