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En diversas partes de Asia la imagen de la granada abierta se utiliza como símbolo de los deseos carnales, y la poesía popular turca considera a la novia como una granada que aún no se ha abierto. Un sexólogo amigo, entusiasta de la iconografía asiática, recomienda contra la inapetencia sexual provocada por la astenia otoñal tener siempre que se pueda en casa, expuestas bien a la vista, algunas granadas abiertas para estimular la líbido (aunque posiblemente los turcos las preferirían cerradas). Yo no sé cómo le irá a este sexólogo en su consulta, ni del resultado de recetas tan poco ortodoxas, pero en el peor de los  casos —me decía—, si nuestra pareja no se diera por aludida ante tan expresivo reclamo, y si tememos aburrirla con una disertación sobre iconografía asiática, siempre le queda a uno el consuelo de acabar desgranando el fruto, que es la mar de entretenido, y comérselo luego, que está riquísimo.

 

En la India las mujeres beben jugo de granada para luchar contra la esterilidad, más que nada, y por encima de cualquier argumento científico, porque sus numerosas pepitas son un símbolo de fecundidad, de prosperidad numerosa. Para la Iglesia, sin embargo, los numerosos granos que contiene la granada bajo una corteza única, simbolizan la unión de los diversos pueblos bajo una misma creencia. Como se ve, con la granada, como con todo, también cada cual barre a su conveniencia.

 

Hace muchos años estaba un día de excursión con una amiga por los aledaños de la Cartuja, cuando descubrimos en la fachada de la iglesia, labradas en la piedra, unas guirnaldas de frutas que nos parecieron de enorme sensualidad. Junto a las peras y a los melocotones creo recordar que no faltaban también granadas abiertas, y he de confesar que los sentimientos y pasiones que aquellos frutos alentaron y desataron en mi interior tenían más que ver con la simbología asiática que con la cristiana. Cuando más abstraídos estábamos en tan gozosa contemplación apareció a lo lejos el hermano portero, que al percatarse de nuestro embeleso nos dijo en tono socarrón y con mucho retintín:

 

-¡Que no se comen!

 

La presencia del hermano cartujo nos provocó, a mi amiga y a mí, una incómoda sensación, como si nos hubiera sorprendido en nuestra intimidad o haciendo algo indebido o indecoroso en aquel lugar sagrado. Pero un momento después aquella sensación molesta se fue disipando. Y es que su actitud, entre divertida y cómplice, nos hizo sospechar que él también encontraba en aquellas imágenes un significado que iba más allá del que le otorga la iconografía cristiana.

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