Un joven Rafael de Paula, en una imagen de archivo.
Un joven Rafael de Paula, en una imagen de archivo.

El tiempo que todo lo trasforma. Y ya lo dijeron, antes que yo, poetas y filósofos: nunca nos bañamos en el mismo río. Y no solo porque no sea la misma agua, sino, y sobre todo, porque nosotros ya no somos los de ayer. Y todo es perecedero. El día, la noche, los aromas, los sueños, la vida. Y lo sabemos. La conciencia de la muerte nos sitúa en el centro de la fugacidad. Sin embargo, hechos como estamos de una mixtura irreductible, buscamos incansablemente lo perdurable. El bien, la justicia, la belleza, el amor. Una manera, en cierto modo, de perdurar nosotros en ellas.

Sin embargo, sí que hay cosas que perduran, con nosotros, mientras esperamos el viaje definitivo. Y sobre ellas se asienta buena parte de lo que somos. Así, mi preferencia por edificaciones con patio interior me viene de haber nacido en “una casa de vecinos”. Qué hermosa expresión. Y qué hermosos recuerdos. Aquella vieja casa -patio, lavadero y azotea-, que aún me acompaña en sueños. Aquel hogar sencillo, dos habitaciones pequeñas, luminosas, ensanchadas por la vieja rutina, desterrada hoy, de las puertas abiertas. No parecía que guardasen secretos los hogares de entonces. En la noche, las puertas se cerraban, y deambulaban los arcanos por las habitaciones a sus anchas.

Y aquella vieja casa en aquel viejo barrio, Santiago. De gentes sencillas, humildes, con aire flamenco. Un territorio con una particular manera de entender el mundo. Con un compás impregnado en las piedras. Un orbe completo, con su propio lenguaje, sus propios símbolos, sus ritos de siempre. Moderno y viejo a la vez. Abierto y cerrado a un tiempo. Genuino siempre. Familia, paladar, aje, soniquete, estructuras sobre las que se descansaba su modo de vida. También la escasez formaba parte. El Prendi, Paula, Terremoto, símbolos del barrio de mi infancia. No sería el mejor de los mundos, pero era el mío. Qué hermoso el universo de mi niñez. Quizás, mi parte más dulce venga de allí, del cariño que las gitanas nos daban a los niños de mi tiempo.

Y en aquél viejo barrio se fraguó mi manera de sentir, esa imperecedera, que busca, incansablemente, un modo concreto de mirar. Me bautizó mi barrio, con apenas un hilo de vida, según declaración del médico de entonces, para moldear mi sensibilidad, sin pretensiones, sin intencionalidad siquiera, solo ofreciéndome algo que era nuestro, una vocación permanente de hondura y de belleza. La banda sonora de mi infancia ilustra, mejor que mis palabras, esta confesión: Tío Borrico, Tío Sordera, Terremoto, Sernita, el eco de Agujetas, las Saetas del Guapo y de mi Tío Manuel, el Guapo Chico, las cuerdas de Morao y de Parrilla, el baile de Tía Juana, la del Pipa, y de Tía Luisa, la medre de los Margara. Paquera omnipresente. Con estos barros moldearon mi forma de mirar el mundo, mi gusto por sentir la hondura de las cosas, mi preferencia por escrutar detrás de la apariencia. Como habréis podido adivinar, el flamenco me fue impuesto, no lo elegí yo, bendita ofrenda impuesta por los míos.

Y en aquel viejo barrio abracé la fe de Rafael. Mientras limpiaba capotes y muletas, con las púas de alambre de aquel cepillo arcaico. Y mi padre, siempre presente, y los cinco duros que, invariablemente y sin merecerlo, me regalaba. Y entre muletas y capotes, atendía las alabanzas a aquel lance de Paula, a aquella verónica dibujada, con desmayo, sobre un lienzo de mayo, a aquellos naturales que detenían el tiempo. Y luego, en la azotea, soñaba, niño ingenuo, faenas de leyenda. Imitando a Rafael, con un toro de sol, lances de añil y blanco. En aquella misma azotea donde él dibujara sus primeros sueños. Y aprendí que nada que se haga apresuradamente tiene valor. Que las cosas realmente hermosas han de hacerse a fuego lento. Que profundidad y hondura son la mejor de la formas de la belleza. Y que no todo es razón y lógica. El territorio de la emoción. Entre la silueta y la sombra, entre la voz y el eco, el territorio de los sueños. Paula, todo un manual de estética.

Luego vinieron los amigos nuevos, los libros, la universidad y el miedo. Pero ya habían cuajado los signos de la infancia. Ya llevaba la sangre embebida por aquella mirada, por aquella manera de leer los rostros y sus códigos, por la espera permanente del milagro nuevo que siempre provoca la belleza. Una casa vieja, un viejo barrio, un compás y un torero, el prodigio de la alegría de niño que ayudaron al hombre que soy. Y que vivan los gitanos.

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