Operarios de bodega en una imagen de archivo.
Operarios de bodega en una imagen de archivo.

La puerta de la bodega estaba abierta pero esta vez demasiado custodiada. Pero en la casetilla de entrada no estaba Manuel Navarro. Como tampoco estaba Matías, el chófer, que a esas horas tendría que estar en las cocheras. La Guardia Civil y algunos matones contratados hacían un pasillo para los esquiroles que querían entrar a trabajar, no acatando la decisión de la mayoría obrera que, por imperativo democrático, decidió comenzar la huelga.

Los hombres amontonados y desnutridos que en muchos casos sólo llevaban en el estómago una café aguado y un trozo de pan, estaban amotinados entregando sus cuerpos y sus almas a la Guardia Civil. Las primeras detenciones no tardaron en llegar. Un sargento, reconocible por las tres franjas en la bocamanga del uniforme, dio un disparo al aire y al grito ronco y viril de disuélvanse, instaba a la masa nerviosa, enfurecida y temerosa a que volvieran a sus puestos de trabajo o a que desaparecieran para que todo transcurriera como siempre.

Los obreros no cedían y los caballos de los guardias se encabritaron. El sudor, la tensión, los hálitos con olor a acetona y la violencia turbaban el ambiente, y, de pronto, Pitt vio cómo se llevaban a Manuel Navarro, sacado a tirones desde el tumulto. Los operarios quisieron impedirlo pero ya era demasiado tarde, dos caballos negros de muerte bien pertrechados cerraban la posibilidad de un rescate y las amenazantes pistolas de los mercenarios de la dictadura de Primo de Rivera conocían y cumplían sus ordenes con una pulcritud de cirujanos.

Apostados en la cancela principal habría casi quinientos trabajadores, y desde el fondo, detrás y debajo del dintel de la entrada a las oficinas, junto al pequeño jardín en la fuente con motivos árabes, donde los pavos reales solían transitar, el capitán observaba los movimientos de todos y cada uno de los que consideraba subversivos, esos que irremediablemente pagarían un precio carísimo por intentar que la bodega, durante un día, tuviera pérdidas. Su figura era la de un alfil en un tablero de ajedrez. Su aspecto, como siempre impecable.

Y su siniestra tranquilidad, con media sonrisa, ponía aun más nerviosos a los que desde la entrada observaban a su amo. Ni una gota de sudor le corrió el cuerpo y su pomada para el pelo estaba intacta, así como su raya en el lado izquierdo de la cabellera, ni una muestra de emociones en su lenguaje corporal. Solo tramaba desde la más absoluta parsimonia su venganza mientras fumaba esos cigarrillos de extremada calidad.

Porras y empujones, más detenciones. La sangre ya brotaba por la frente de algún valiente y no eran pocas las mujeres que se habían sumado a la refriega mostrando más entereza y valor que muchos de sus maridos. Gritos, insultos y algún que otro desmayo hacían la mañana muy negra y desesperada. La gente se empezó a mezclar. Por un instante los antagonistas en la lucha se habían perdido en un absoluto caos. Y entonces, con rapidez una afilada, Pitt, sintió una especie de humedad en la camisa. Sé echo la mano a las costillas y estaba empapado en sangre. Pensó que todo aquello era raro, y que no había sentido la puñalada trapera.

Ni por asomo la vio venir entre tanta gente, preso de la multitud y el pánico. Empezó a marearse y a sentirse acalorado. En sus oídos se escuchaban perfectamente los latidos de su corazón. Intentó agarrarse a una mujer. Le puso la mano en el hombro y al volver la cara vio que su báculo era aquella gitana que le juró venganza aquella mañana calurosa en la vendimia de septiembre. La miró a los ojos, en una extraña sensación, sentimiento de odio o dudas.

Aun en las puertas de la muerte esa puñalada lo reconfortaba, raro sentimiento. Veía como la vida se le estaba escapando como el último rayo verdoso del atardecer. Con la mirada todavía en el hombro de Manuela, ésta le asesto otra puñalada en el vientre. Mientras con su boca carnosa, pegada a la oreja del inglés, le susurraba aquel juramento que le hizo en las viñas...

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