Puerto de Bristol, en Reino Unido.
Puerto de Bristol, en Reino Unido.

Capitulo 1. Bristol.

Bristol amaneció esa mañana soleada. Poco habitual para esa época del año pero no por ello hacía menos frío. El viento venía de Belfast y eso a los estibadores del puerto los retorcía como a los robles angustiados por el paso del tiempo. Síntoma de huesos calados y que antes de las diez, irremediablemente, una copa de Brandy les entraría por el gaznate. La vieja barraca de madera del viejo Pitt seguía cerrada, con una ventana rota, y desde ella se vislumbraban muchos brazos cruzados en el puerto. Demasiados brazos parados e inertes, de aquellos que tras volver de la guerra y pelear en las trincheras con olor a gas y barro, deseaban vender su alma al primer Lord que pudiera ponerle unas cuantas libras en sus dedos desgastados por el tiempo.

Esa mañana el aceite para las lámparas escaseaba y el trozo de pan con mantequilla no era, ni de lejos, junto al poco té que tenía en la cocina, algo bueno para comenzar con energías y pelear en los muelles con los demás hombres. Pasajes a Liverpool, lobos marinos remendados y zapatos viejos. Y demasiados Irlandeses que sólo tenían en la cabeza viajar al nuevo mundo con una maleta con dos mudas, una bolsa de patatas para hervirlas en el barco y una estampa de la virgen María. -¡ Malditos irlandeses! Musitaba, riendo entre dientes, el viejo Pitt. Más valientes que nadie, más fanáticos que nadie, más fuertes que nadie y sin embargo, nunca han tenido la oportunidad de brindar con un trago de ese whiskey que beben por la grandeza de ningún imperio.

Esta será la última mañana que pierdo el tiempo en estos muelles del infierno. No luché en la guerra para entregar mis huesos molidos y viejos a estos señoritos. Esta será mi última peonada en Bristol. Por su cabeza sólo le rondaban dos pensamientos: viajar a España en el próximo barco a Santander y desde allí ir al sur a Jerez de la Frontera. Un capitán amigo, Richard Eton, le prometió que podría contar con él y que en la bodega, la de sus padres en Jerez, tendría cobijo.

Y cómo no, deseaba beber vino joven aunque su amigo James siempre le decía que en Londres tenían la suerte de que el Jerez, al viajar en barco, por la madera, el olor del mar y el oxígeno llegaba al puerto del Támesis con ese color ámbar. Que era así como debía tomarse. Pero él había oído, por boca del capitán Eton, que el vino joven en la desembocadura del Guadalquivir era un manjar, con menos solera pero un elixir de Dioses, una exclusividad que sólo sedaba en un rincón de occidente. El cansado y desgastado Pitt ya tenía sus planes hechos y la ciudad de la campiña interminable, la de tierras albarizas, sería su próximo destino.

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