Una fotografía del Parlamento Andaluz durante esta legislatura. Foto: Parlamento de Andalucía.
Una fotografía del Parlamento Andaluz durante esta legislatura. Foto: Parlamento de Andalucía.

Existe un perverso juego político entre (por ahora) el Partido Popular y el Partido Socialista que no por ser viejo o muy evidente debería ser comúnmente aceptado. Me refiero a ese momento en que el partido llega al poder desde la oposición, elecciones mediante, y automáticamente parece sufrir amnesia selectiva; y que contrasta con el partido antagónico que pierde el poder y de repente, exige todo lo que no ha sido capaz de materializar al frente de las instituciones. Un cambio abrupto que veremos repetirse en pocos meses.

Los jerezanos y jerezanas lo hemos sufrido en los cuatro niveles que nos atañen: a escala local, provincial, regional y estatal. Tanto en el Ayuntamiento de Jerez, cómo en la Diputación de Cádiz, la Junta de Andalucía o el Gobierno Central, la alternancia entre PP y PSOE nos deja momentos casi irrisorios en el cambio de torna. Ejemplos hay a raudales, apunten: el toma y daca con la eliminación del peaje de la carretera Sevilla-Jerez, por ejemplo, competencia del Gobierno Central y del que hubo y hay un pulso importante por ver quién logra la medalla de eliminarlo pero que, a día de hoy, permanece intacto (ese atraco de 7'45 euros). El asunto del abandono del edificio de Díez–Merito, en dónde anunciaron que iban a abrir un centro de salud, cuya demora tantas veces se ha llevado al pleno municipal y mucho nos tememos que el PP olvidará paulatinamente. ¿Acaso tenemos que hablar los proyectos de la ITI? Otro asunto de amnesia repentina. Por no hablar de esas propuestas cíclicas de la Diputación sobre tramos de carretera que finalmente permanecen intactos.

El bipartidismo PP-PSOE, que tanto a nivel local, cómo provincial, regional o estatal sigue gobernando (aunque sea mermado o con otros actores, llámese Ciudadanos, en la Junta) mantiene este tipo de vicios y contradicciones que, aún entrando en el libre juego político y en sus códigos conocidos, suponen una tomadura de pelo para nuestros pueblos, que al final pagan los platos rotos de los continuos retrasos y olvidos selectivos.

Las propuestas incumplidas generan frustración y descrédito. No deberían ser estas fabulosas promesas un método para alcanzar un titular, cubrir páginas en los periódicos, rellenar los programas electorales ni hacer populismo barato; sino proyectos factibles y estudiados que puedan llevarse a cabo independientemente de los ciclos políticos y la alternancia de sus respectivos gobiernos.

Pero la frivolidad se ha instalado en un sistema cíclico consciente de su carácter teatral, que rueda con precisión de cirujano (algunas propuestas llevan una década repitiéndose sin pudor en los hemiciclos) y que ni siquiera sospecha la enorme vergüenza que ese juego de trileros y de promesas vacuas nos provoca.

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