Esa necesidad de volver continuamente atrás responde al hecho de que, ahora mismo, no hay una cultura popular, una verdadera cultura alejada de la que se da en las aulas. 

A estas alturas, estaremos todos de acuerdo en que lo retro vende. Literatura, música, decoración, reciclaje de espacios antiguos en espacios modernos... Todo está impregnado por una pátina de nostalgia, un filtro de Instagram granulado. Son muchos los críticos de este tipo de tendencias que argumentan que esa moda le resta valor a todo lo que alguna vez lo tuvo.

Pues bien, yo soy de la opinión contraria. Hablo como miembro de una de las últimas generaciones con auténticos referentes culturales.

Hace poco leía en Jot Down una entrevista (larguísima, como no, pero no por eso menos disfrutable) que hizo Kiko Amat a un escritor que me parece fascinante: Irvine Welsh. Ojalá pudiera leerlo en inglés, pero su jerga callejera escocesa se me antoja imposible. En fin, a lo que iba. Welsh decía algo así como que los jóvenes de ahora se lo pasan igualmente bien, pero les falta algo, un bagaje cultural; una verdadera cultura pop, al menos la cultura pop como yo la entiendo: los libros, la música, las películas, que se publican o se estrenan cuando eres joven y definen en gran medida tu educación, más allá de la historia, la biología o la política que se estudia en las clases. Más allá de la educación académica, que parece ser la única que cuenta.

Pero me estoy yendo por las ramas. Yo tengo envidia de la generación, sin ir más lejos, que era joven en los 90; una generación que vio nacer el grunge, que podía asistir a conciertos de unos Dire Straits o unos Guns n Roses en plena forma. Que vivió la efervescencia literaria española de los 90 (Belén Gopegui, Muñoz Molina, y un larguísimo etcétera), que se estaba formando en una época en que la cultura todavía importaba. Y por eso precisamente, porque me da envidia, soy una acérrima defensora de este auge de lo retro, que me ha permitido descubrir y encontrar fácilmente literatura, música o cine a los que de otro modo me hubiera resultado más complicado acceder.

Y creo firmemente que esa necesidad de volver continuamente atrás responde al hecho de que, ahora mismo, no hay una cultura popular, una verdadera cultura alejada de la que se da en las aulas. No hay películas como Alta Fidelidad o Trainspotting, libros como Ponche de ácido lisérgico. Ante una situación así, para una generación como la mía, espero que los haters (ah, esto sí es cultura de nuestra generación) comprendan que echar un vistazo atrás no es tan malo.

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