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Los jóvenes temen al futuro con una ansiedad creada por no encontrar trabajo y vivir siempre dependiendo de los padres. 

¿Qué es el triunfo? Esta pregunta suena grandiosa, tanto por el sustantivo que la engloba, como por la amplitud de significados y connotaciones que puede tener. Sin embargo, muchas veces nos empeñamos en sintetizarla, y hacemos de ella una mera lista de prioridades con el objetivo de que sean para todos los humanos las mismas, olvidándonos de que cada uno debe entender el éxito como algo diverso. De esta forma, el término queda desvaluado y simplificado. 

Por hacer esta lectura más amena y fácil de entender, viajaremos en el tiempo un año atrás. En septiembre de 2016 llegaban de nuevo a la pantalla de nuestras televisiones algunas de las caras más conocidas de España. Se trataba del reencuentro de Operación Triunfo, el talent show que más masas ha movido en nuestro país y que, 15 años más tarde, conseguía reunir a sus antiguos concursantes para ver cómo habían cambiado y hasta dónde habían llegado. 

Es en esta última parte donde me quiero detener. Los telespectadores conocían la vida de David Bisbal, David Bustamante, Chenoa, Rosa López y alguno más, pero ¿qué había pasado con los demás? Había caras que llevaban mucho tiempo sin aparecer en los medios pero seguían vivos, no les había pasado nada y, además, no habían parado de trabajar. Fue entonces cuando empecé a escuchar y a leer cómo la gente opinaba que esos de los que nadie nos acordábamos, no habían triunfado. ¿Por qué no?

Probablemente no habían llegado a la cima que el programa marcaba: ser un personaje de relevancia pública en cualquier lugar y sacar un disco al mercado cada cierto tiempo. Pero por no seguir esas pautas fijadas, ¿no consiguieron el éxito? Me resulta injusto olvidarse de personas y, mucho peor, infravalorarlas, por no tocar en los mejores escenarios de Latinoamérica. Muchos de ellos hablaban de que eran felices con lo que hacían, siguiendo su propio ritmo y viviendo de la música: tenían una escuela propia de canto, dirigían musicales, teatros, etcétera. 

Nosotros nos habíamos olvidado de ellos, pero por fortuna, ellos se siguieron recordando a sí mismos que tenían que luchar para alcanzar la recompensa que querían, y no la que le imponían. Pues esto, sin ir más lejos, es lo que sucede hoy en día. Miro a mi alrededor y veo a la gente perdida, especialmente a los jóvenes que apenas han terminado los estudios universitarios. Se sienten estancados, como si hasta ahora no hubiesen conseguido nada, y temen al futuro con una ansiedad creada por no encontrar trabajo y vivir siempre dependiendo de los padres. 

También ocurre cuando nos comparamos con otros. Por un lado, si vemos que alguien ya está con su puesto de trabajo, tiene algún tipo de relación amorosa, se va de vacaciones y recibe un buen sueldo, pensamos que hemos fracasado, que hay algo que hemos hecho mal. Creemos que las claves de la felicidad son esas. Por otro lado, también solemos recurrir a otro punto de vista, especialmente cuando vemos a alguien que teniendo nuestra edad y pudiendo llevar el estilo de vida que nosotros tenemos, no lo hace, entonces solemos arremeter contra ello. Por ejemplo, y hablando siempre desde mi entorno, juzgamos que algún joven decida quedarse toda la vida en su pueblo en lugar de viajar, seguir estudiando, conocer a gente de otros lugares… no entendemos que, para ellos, el éxito no es lo mismo que para nosotros. 

Por ello, como decía al principio, este término queda simplificado cuando queremos que para todos tenga el mismo significado. Puede que nos marquemos las mismas metas en la vida: estudios, trabajo, familia y ocio, pero cada uno la debe desarrollar de una forma, escalando su propio camino. Mis prioridades no deben de ser las tuyas. Y viceversa. 

Nacemos con una mochila, yo he decidido que la podemos llamar “arco del triunfo” y, como su propio nombre indica, tiene forma de arco. Esto quiere decir que dentro de ella podemos meter lo que queramos, lo que más felices nos haga. Para dos novios su éxito puede basarse en casarse, tener hijos y un trabajo. Mientras que, a lo mejor, una madre soltera llega a ese estado de felicidad sin necesitar a una pareja. O, por otro lado, un hombre o una mujer pueden decidir no tener hijos, ni compañero de vida. 

Lo que no podemos olvidar es que se trata de una decisión nuestra, que condicionará nuestra vida o, mejor dicho, nuestra mochila. Ah, y tampoco olvides que hace unos años tu mayor objetivo podría ser muy diferente al de la actualidad. Si es así, cambia el rumbo. No hay que tener miedo a cambiar de idea y, mucho a menos, a soñar alto. Pues lo bonito de la vida, es que tiene muchas opciones. 

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