El '15-M' de la derecha, la barbaridad de salir a la calle a pedir menos salud

Tener opiniones contrarias al Gobierno no exime a nadie de tratar de evitar contagios. Es irracional esta especie de 'revolución del 1%'

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Pablo Fdez. Quintanilla

Licenciado en Periodismo y Máster en Comunicación Institucional y Política por la Universidad de Sevilla. Comencé mi trayectoria periodística en cabeceras de Grupo Joly y he trabajado como responsable de contenidos y redes sociales en un departamento de marketing antes de volver a la prensa digital en lavozdelsur.es.

Una imagen de 'Telemadrid' de las protestas en el barrio de Salamanca.
Una imagen de 'Telemadrid' de las protestas en el barrio de Salamanca.

Existe una enorme casualidad que en el barrio de Salamanca, de mayoría de derechas, haya comenzado una especie de revolución del 1%, de los que más tienen. No estamos acostumbrados a verles salir a manifestarse, porque suele ser el último recurso. La historia dice que cuando las clases más pudientes se manifiestan, tienen capacidad de arrastrar a otros muchos y que, si no se han salido con la suya  de un modo, lo han hecho por otro. Pasó en Chile, cuando las élites derrocaron al primer socialismo latinoamericano democrático. Porque quien tiene recursos, tiene un poder autoinstituido que es superior al que, teniendo un voto que vale lo mismo, no tiene esos recursos.

La casualidad es que, por lo que sea, al barrio de Salamanca no les gustaba este Gobierno desde antes. Esta situación de la crisis sanitaria es posterior. Apenas se oyen voces de una ideología o de otra que digan lo contrario que sus líderes. Poca derecha a favor del confinamiento y poca izquierda en contra. ¿Por qué? Porque los bloques son cada vez más inamovibles. El sesgo ideológico está reventando todo. Menos mal que Almedia, el alcalde de Madrid, ha tachado estas imágenes de "irresponsables, como una fiesta o un botellón". No es mala la ideología, es malo que ciegue el análisis.

Y, por eso, desde esta tribuna, van varios argumentos que difieren mucho de las decisiones que están tomando en el Gobierno. Primero, no me gustan los horarios para salir a pasear, porque ha propiciado aglomeraciones preocupantes. Segundo, no me gusta que Navantia no vaya a arreglar un barco en Cádiz porque hay unos 300 tripulantes extranjeros en su interior, cuando hay infraestructura y medios de sobra para evitar posibles contagios. Tercero, no me gusta un plan de desescalada que ha dejado fuera a municipios malagueños y granadinos sin apenas coronavirus. Cuarto, no me gusta que el 25 de mayo puedan abrir grandes superficies sin tener un control real de si se producirán aglomeraciones, poniendo en riesgo a clientes y empleados. Sexto, no me gustan los continuos cambios de criterio y mensajes confusos, baste ver este miércoles la disputa entre Comercio y Sanidad sobre si habrá o no rebajas en tiendas físicas. Séptimo, no me gusta que no haya una iniciativa rápida para asegurar la situación de los repartidores, que van a ser durante mucho tiempo pieza fundamental del consumo y, por ende, de la economía. Octavo, no me gusta que conviertan el optimismo en una falsa seguridad. Noveno, no me gusta la falta de autocrítica entre nuestros gobernantes.

¿Y saben qué les digo? Que por más que esta lista de nomegusta pudiera crecer, jamás dispararía al capitán en medio de una batalla. Porque es este gobierno, y no otro, el que tiene que tomar decisiones. Desde Madrid, como lo hace el de Andalucía, o el de mi ciudad. Claro que hay que seguir pidiendo que rindan cuentas. Pero es de una extrema estulticia quejarte de ser uno de los países con más casos y salir por Madrid sin mascarilla a reunirte con tus vecinos sin distancia de seguridad a dar paraguazos a un cubo de basura con una bandera al cuello. Sí me parece perfecto una manifestación en coche, adelante, es democracia y es seguro. También lo fue cuando el 1 de mayo el Constitucional dijo que no y ahora lo vuelve a pedir Vox, que ha buscado la fórmula para que les vuelvan a decir que no y acabar asegurando que todo esto es una mordaza a la oposición. Si hay cosas que no me gustan de cómo se están haciendo las cosas, sí que creo que no hay varitas mágicas y que, casualidad, esta gente de la cacerola ya odiaban al Gobierno de antes.

Me preocupa la ceguera de salir a la calle a reunirse así, a hacer un 15M pocholesco. No tienen razón, saben que lo están haciendo mal, y sólo han necesitado que los muertos solamente sean unos 200 al día para echarse a la calle y decir que la prórroga del estado de alarma les coarta sus libertades. En el trasfondo, un grupo de gente que pone por delante la economía a la salud, porque a ninguno de los que está en el barrio de Salamanca les va la vida el abrir las puertas de los negocios y cogerle el cambio a 700 clientes, jugándosela, como si hacen sus empleados. No les van los garbanzos porque tienen para comer. Les va el bolsillo, en todo caso, porque para vivir ahí debes ser propietario de medios de producción, por lo general. Esta es una lección de que hay clases sociales. La revolución empieza por los que tienen un mayor nivel de renta, porque son los que viven de verdad del trabajo de sus empleados, y si no les producen, su pirámide se derrumba, aquella en la que están ellos encima y más dura es la caída. Me quedo con los hosteleros, empresarios, muchos, mayoría, que ponen por delante la salud. Les mando a un abrazo a los empresarios y empresarias que de verdad se la juegan entre comer y no comer. Cualquier cacerolada se puede entender, porque ellos no son el 1%. Pero no esperen que tenga alguna legitimidad ese grupo que son el 1% más rico, los CR7 de las financieras y el IBEX35. Porque a esos no les moja la lluvia. Ellos sabrán, porque no hay banderas de España de filtro FFP2. Pero que intenten hacer un pulso de una forma tan irracional y tan peligroso para lo más importante que tenemos, que es la salud, es una tontada.

Y dicho eso, no forman parte de un debate serio. Lo son muchas voces en todos los partidos de derechas, que están tejiendo propuestas y alternativas a un estado de alarma que, entiendo, no les guste, porque legítimamente de estar en el poder podrían haber hecho cosas diferentes, quizás algunas mejor y quizás algunas peor. Esto no va contra el enfado contra el Gobierno. Esto va de una irracional amalgama del "todo vale" desde la hora 1 en la que se han descolapsado las UCI y no hay mil muertos al dñia. Mucho es debatible, pero vuestras caceroladas poniendo en riesgo a los demás, no.

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