Cada 28 de febrero, Andalucía celebra mucho más que una fecha en el calendario institucional. Celebra una afirmación colectiva frente a la resignación, una victoria política frente a la aritmética adversa y un ejercicio de dignidad que todavía hoy incomoda a quienes prefieren el relato simplificado a la verdad documentada.
Conviene recordarlo sin mitos ni consignas: el 28F de 1980 no se votó “tener autonomía”, sino iniciar, por la vía del artículo 151 de la Constitución, el acceso a la autonomía plena, la misma que se reconocía a las llamadas nacionalidades históricas.
No era un capricho identitario, era una herramienta para combatir desigualdades estructurales. Era la posibilidad de dotar a la comunidad de competencias reales para afrontar sus déficits sociales y económicos. Fue, sobre todo, una demostración soberana del pueblo andaluz.
Pero tampoco se puede entender aquel 28F sin el 4 de diciembre de 1977, cuando millones de andaluces salieron a la calle reclamando autogobierno y dignidad. Tampoco sin la figura de Blas Infante, cuya memoria fue durante décadas despreciada por los centralismos de uno y otro signo. Andalucía no improvisó su conciencia: la conquistó.
La consulta se celebró en condiciones extraordinariamente exigentes. A diferencia de los referendos estatutarios de Cataluña y País Vasco, Andalucía tuvo que someterse a una Ley de Referéndum que imponía una mayoría absoluta del censo en cada provincia. No bastaba con ganar; había que superar un listón casi imposible.
La campaña estuvo marcada por obstáculos, ambigüedades y llamadas veladas a la abstención. En Almería, donde el censo inflado y las dificultades estructurales pesaban como una losa, el “sí” ganó por diez a uno frente al “no”, pero no alcanzó la mayoría absoluta del censo. Con la ley en la mano, el proceso quedaba bloqueado. Con la legitimidad democrática en la calle, el 28F era una victoria moral incontestable.
Y fue esa movilización la que forzó el desbloqueo político en las Cortes. El Derecho, lejos de ser un muro, se convirtió en instrumento al servicio de la voluntad popular. Andalucía logró finalmente la autonomía plena por el 151. Después de Andalucía, nada fue igual en la construcción del Estado autonómico.
Hoy, cuando algunos banalizan aquella conquista mientras ocupan escaños en el Parlamento andaluz, conviene reivindicar la memoria con rigor. El 28F no fue un regalo: fue el resultado de la presión cívica, de la inteligencia política y de una sociedad que se negó a aceptar un papel subalterno.
Celebrar el Día de Andalucía no es repetir consignas vacías. Es defender la capacidad de autogobierno como herramienta de progreso, igualdad y cohesión. Es recordar que los derechos conquistados pueden perderse si se desprecian.
