Don Manuel

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Dice que ha ido a más entierros de los que puede recordar, y que la próxima vez que entre en una iglesia será con los píes por delante.

Hacía tiempo que no me escapaba por esas veredas infinitas en las que uno se pierde de vez en cuando. El verano es mala época, y éste en particular vino con fuerza, vaya calor. En fin, hace unos día recuperé esa afición tan sana y recomendable, sobre todo para los que ya tenemos una edad (tengo los 40 a la vuelta de la esquina y ya me veo con la crisis del cuarentón en lo alto). Ayer por la tarde, después de echar la santa siesta (recomendada por todo médico con sentido común) empecé a caminar por uno de tantos carriles, sin saber muy bien adónde ir.

Por el camino me encontré con una de esas personas anónimas a las cuales se las ve muy de vez en cuando. Un abuelete con su gorrita calada, su chaqueta y sus pantalones de pana. Íbamos los dos paseando sin rumbo en la misma dirección y tras el obligado saludo, casi siempre suele venir una interesante conversación. Esta vez tocó la vejez, la experiencia, el pasado. Don Manuel, a sus setenta añitos, muy pocas veces salió de su pueblo, trabajó en el campo cuidando ‘bichos’ y ahora cuida de un pequeño huerto, porque dice no puede estar ‘parao’. Sorprende conversar con personas como Manuel, pues son portadoras de una filosofía de vida que descoloca por sus fuertes convicciones y sus razonamientos. Me habló de su familia, según él, sus padres nunca fueron felices porque tenían muchos problemas, en aquella España todo eran problemas para los que no tenían nada. Vivían de lo poco que ganaba su padre como jornalero.

Así que Manuel empezó a trabajar de sol a sol cuando aun era un niño, junto a sus hermanos mayores. Ya están todos muertos. Dice que ha ido a más entierros de los que puede recordar, y que la próxima vez que entre en una iglesia será con los píes por delante. No bromea, se nota que lo dice en serio. Le pregunté, entre otras cosas, si después de setenta años, valió la pena vivir así. Se paró, se quitó la gorra, pasó su mano por la cabeza y me dijo que, a pesar de todas las penurias, sí, la vida siempre vale la pena. A sus nietos se lo dice a diario, que vivan la vida lo mejor que puedan, que no se metan en problemas, que estudien, que se hagan hombres y mujeres de provecho, pero son jóvenes y se creen que nunca van a envejecer, a esa edad todos somos inmortales. ¡Qué grande es la gente como Manuel!

Ahora, que las canas empiezan a aparecer, que miramos atrás y vemos aquel niño que un día fuimos, tan lejano, tan inaccesible… Ahora que los recuerdos, casi siempre nos hacen derramar alguna que otra lagrimilla... Ahora que se nos van acumulando los muertos en la memoria, comprendemos aquellos versos de Gil de Biedma, el cual advertía: ‘Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde…’

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